lunes, 4 de octubre de 2010

La sombra del escorpión (año 1116 TZ)

Scryton paseaba montado en su caballo por un sombrío sendero rodeado por espesura en mitad de un inquietante bosque.

Debía ser de día, porque había demasiada luz para que fuera de noche. O quizás estuviera amaneciendo. Sí, muy probable. Aunque las copas de los retorcidos árboles se unían para no dejar ver ni el más mínimo resquicio del cielo.

Su montura se encontraba lejos de estar tranquila y, sin explicación alguna, un sudor frío recorría la frente del General.

Un espeso manto de niebla ocultaba los cascos y las pantorrillas del corcel, cuyo trotar era desacompasado. Tenía los ojos negros muy abiertos y Guderyan notaba el incesante movimiento de su cola de crin.

Los sentidos y la intuición del hombre eran sus mejores valedores. Pero no conocía aquel lugar. No sabía donde estaba, ni a donde conducía aquel tortuoso sendero.

Continuó avanzando en la total incertidumbre, cuando se dio cuenta de que no portaba arma alguna. Su respiración se agitó. No había ni una espada o daga colgada de la montura, ni en su talón ni en su espalda.

¿Cómo había llegado a aquella situación? ¿Dónde estaba Zadia y su filo que penetraba hasta en la armadura más fuerte?

Qué estúpido había sido.

El sudor era ahora más intenso, pero también más frío. Si había algo que realmente sacara de sus casillas a Guderian era la incertidumbre, la falta de control sobre las situaciones (cosa que muy pocas veces ocurría), el no saber. Pero no por ello su mente se bloqueaba, no. Al contrario, trabajaba a mayor ritmo.

Aunque en aquel lugar…

Árboles y arbustos a izquierda y derecha, un camino sin fin por delante, quizá tan largo como el que ya había recorrido, una visibilidad pésima y, para colmo, su caballo se inquietaba más con cada paso que avanzaban.

De repente, escuchó un leve crepitar de hojas secas a sus espaldas.

Volvió la cabeza.

Nada.

Pero al regresar la vista a frente, el sueve revoloteo de una hoja venida de arriba lo alarmó. Subió la mirada y allí estaba, el causante de su desasosiego.

Un pequeño durury. Una especie de mono del bosque de color gris, ojos anaranjados como platos y una larga cola que utilizaba para impulsarse. Miraba a Guderian, con unos enormes ojos saltones, como si fuera el primer ser vivo que se encontraba.

El Genereal soltó un resoplido aliviado y casi le dieron ganas de reír a carcajadas.

El durury saltaba de una rama a otra más inquieto que emocionado. Pero en uno de esos saltos acabó empalado por un enorme aguijón, que salía de la maleza, y que arrastró al animalillo, hasta perderlo en la espesura.

De pronto, la escasa luz, que penetraba entre el espeso follaje, quedó eclipsada por una descomunal criatura del tamaño de una tienda de campaña.

Guderyan no pudo sino cubrirse la cabeza con los brazos, en un acto reflejo, cuando el bicho se le echó encima. Pero no pasó lo que esperaba. Entre sus dedos estaba su preciada Zadia que hendió el aire cortando el caparazón del monstruo que lo atacaba.

Se escuchó un sonoro quejido y la criatura cayó al suelo muerta. De sus flancos derecho e izquierdo aparecieron dos más. Esta vez, ante el encabritamiento de su semental, el General pudo ver qué eran esas criaturas.

Eran de un color negro, que inexplicablemente relucía en la tenue atmósfera de aquel bosque indudablemente norteño. Tenían dos enormes pinzas en sus extremidades delanteras, que chasqueaban amenazantes y una enorme e inquietante cola que terminaba en un aguijón con forma de garfio.

“¿De dónde han salido estas…?” pensó Guderyan mientras intentaba estudiar sus movimientos.

Le habían contado historias que quitaban el sueño acerca de aquellas siniestras criaturas, que habitaban en los cálidos parajes de Tierra Libre.

Pero esta vez las historias se quedaban cortas ante el tamaño de aquellos escorpiones. O como los llamaban en la antigua lengua de los cindarios: scrytons.

El caballo del general corcoveaba y lanzaba coces allá donde las pinas chascaban como tijeras, produciendo crispantes sonidos en la quietud del bosque.

Guderyan se unió a la lucha junto a su corcel, y allí donde los temibles aguijones intentaban llegar a él, hendía a Zadia sin mucha fortuna.

No tenía escapatoria, sólo le quedaba dar la vuelta, ya que salirse del sendero era una temeridad casi igual que intentar pasar entre aquellos enormes insectos.

Cogió las riendas y sin dar la espalda a sus atacantes culeó hacia atrás para, en un momento dado, huir.

Pero un horrible crujido de hueso partido y el escalofriante relincho agónico de su caballo hicieron que, por primera vez, el temor del general se volviera auténtico pánico. El corcel cayó de espaldas con una pata trasera fracturada.

Por el rabillo del ojo, Guderyan pudo ver dos sombras negras más. No tan grandes como las que tenía delante pero también considerables.

Su espalda tocó el suelo aprisionando el brazo bajo esta, haciendo que el hombro se le desencajara, pero apenas notó el dolor.

Jamás había caído de un caballo, ni siquiera cuando su padre, Rodin Scryton, lo enseñó a montar a los 4 años.

Las dos sombras a su espalda se volvieron más nítidas, transformándose en dos escorpiones más pequeños que los otros.

Donde debían tener los ojos aparecieron dos caras; dos niños. Le resultaban familiares, pero más aún cuando:

-Nos enviaste a los establos –decían con voz infantil y fantasmal. –y nos hicieron cosas feas.

-Muy feas –dijo el otro niño.

Los escorpiones con las caras de Matt y Theo se acercaban con el semblante triste hacia donde Guderyan yacía atrapado.

-Éramos parte de tu familia, Guderyan. –dijo la voz de Ulthar. En uno de los insectos grandes apareció la cara del rey asesinado. –nos mataste como si fuéramos viles ladrones.

Tumbado en el suelo, el aludido luchaba por zafarse de su caballo, que inútilmente intentaba levantarse.

-Te dimos el rango de oficial… -comenzó Isbelle de Helder.

-¡Me disteis una mierda! –gritó Guderyan con el rostro desencajado. –me quitasteis lo que era mío por derecho.

-Pero no matamos a nadie para ello. –la voz de Ulthar hacía temblar el suelo a medida que el escorpión con su cara se acercaba. –hasta ahora.

Tras decir eso una de sus pinzas se cerraron en torno al cuello del corcel y este dejó de relinchar, con el cuello partido y la sangre brotando en potentes chorros color escarlata.

Guderyan estaba más atrapado que nunca. El caballo era inamovible ahora que estaba muerto, y Zadia se había perdido entre la maleza, fuera de su alcance.

-No podéis matarme; el veneno del escorpión fluye por mi sangre. –argumentó a la desesperada.

-No nos ha hecho falta veneno para matar a tu caballito. –sentenció Isbelle.

Guderyan quedó petrificado.

-El escorpión que es tu símbolo y te da el apellido será el que acabe contigo. –dijo Ulthar sonriente. –un día tu propio veneno, que fue tu origen, será tu final.

-¡Que os follen! –gritó el general.

Los afilados aguijones de los scrytons subieron y bajaron sobre él, hundiéndose en su pecho y en su cara.

~~~

Con la frente empapada de sudor, Guderyan abrió los ojos y exhaló agonizante como si volviera a la vida tras años de letargo.

Todo su cuerpo estaba empapado de sudor, que se tornaba frío por momentos. Permaneció inmóvil y recorrió con la mirada la estancia para comprobar dónde se encontraba.

Tenía el brazo izquierdo bajo su espalda, retorcido y entumecido; lo estiró con dificultad notando un cosquilleo de formicación con forme la sangre volvía a fluir por él.

Aún confuso por la terrible pesadilla, casi se sobresaltó al notar una delicada mano femenina posada sobre su pecho, que subía y bajaba con su respiración.

La mujer a su lado era muy joven, no más de 16 años, tez morena y cabello negro azabache, exótico y extraño en aquella zona. De labios carnosos y pechos pequeños y turgentes. Respiraba con profundidad, como si aún reviviera la noche anterior en sueños.

Guderyan la miró mientras los débiles rayos del sol de aquella mañana de abastos, entraba por la rendija de la entrada a la tienda de campaña del general.

A pesar de ello, notó un tremendo escalofrío en su piel desnuda y procedió a arroparse hasta el cuello con las gruesas pieles de animales lanudos de las montañas.

“No estoy nervioso, sólo es la brisa de la mañana” se dijo así mismo.



domingo, 3 de octubre de 2010

That all started with The Big Bang!


He de decir que el segundo capítulo de la recientemente estrenada 4ª temporada de esta gran sitcom, ha supuesto un esperanzador futuro para su continuidad y para mi seguimiento y deleite.
No con ello digo que la premier fuera una chapuza, pero no la consideré a la altura de las circunstancias. No obstante no llegó al extremo de convertirse en una decepción; fue entretenida, friki (para variar) y con la frescura y fluidez a la que nos acostumbra.
También añadiré que creo que la nueva "novia" de Sheldon no va a trascender mucho, y una de las razones es porque tampoco da mucho juego, y otro personaje como Sheldon es ya cargante, en mi opinión, ocasionando conversaciones vacías y poca "acción".
Pero si nos centramos en este capítulo, sólo debo añadir que la relación entre Penny y Sheldon se estrecha (veremos a ver sino se lían XD). Este parece ser cada vez más sociable, aunque también más obsesivo-compulsivo. Rajesh cada vez más... gay, Howard más pervet y Leonard está quedando relegado a un muy segundo plano.
Vuelven las bromas, las situaciones embarazosas y desternillantes, pero una alusión cada vez más escasa hacia lo que, algunos no familiarizados, llaman mundo friki. Con la excepción de las camisetas de Sheldon o algún que otro R2-Shelbot.
En resumen, y para concluir esta breve reseña, puedo volver decir a mis compis eso de: "tío, ¿has visto el último de Big Bang?" y decirlo con ese tono de júbilo y con ilusión y expectación de que salga el próximo y de que sea igual de bueno o más que el anterior.

Bazzzinga!

domingo, 26 de septiembre de 2010

El baile de las sombras (part I)

Acompañado por un clima de desconcierto que alumbraba mi mente por aquel entonces, se desarrolla este suceso, el cual finalmente decidí narrar ante la perspectiva de que si no lo hacía, esta experiencia me perseguiría hasta mi muerte. Aunque, aún después de desahogarme, no le he encontrado significado ni explicación algunos, recurro a ustedes con la esperanza de que puedan ayudarme a ello.

La noche pintaba cerrada y la luna alumbraba sin piedad y con toda nitidez cualquier cosa o ser que se encontrara bajo su dominio, mientras que el viento silbante hacía acto de presencia golpeando las ventanas y embraveciendo las copas de los árboles.

Me encontraba en la cama tumbado boca arriba como si acabara de acostarme, ya que es una posición que me resulta incómoda para dormir y que finalmente acabo desechando inconscientemente una vez alcanzado el sueño. Pero aún así estaba en ella. Sudando, con el corazón palpitante como si acabara de correr una maratón, con las manos sujetándome inusualmente la cabeza y el pelo revuelto. Tenía una sed tremenda y la garganta tan seca que si hubiera estado dando un discurso. Estaba con los ojos medio abiertos (o medio cerrados), entornados al fin, pero de igual manera pude diferenciar una figura que pasaba fugazmente por delante de la puerta de mi dormitorio y se dirigía como una exhalación hacia la cocina. Mi cerebro tardó una milésima parte de segundo en acordarse de que ese fin de semana me encontraba solo en mi casa.

Me incorporé sobre la cama en el momento en el que un aterciopelado escalofrío partió de mis riñones, me recorrió el espinazo y terminó en el cuello, erizándome el vello de la nuca.

Armado únicamente de valor, agudizando los cinco sentidos y con todos los músculos de mi cuerpo en tensión, me dirigí expectante hacia la cocina con la inútil esperanza de que mi imaginación me hubiera jugado una mala pasada.

Entré tan atropelladamente en la estancia que mis piernas se entrelazaron y tuve que agarrarme al pomo de la puerta para no estampar mi cabeza contra la esquina de la cercana mesa.

Allí no había nadie; me adentré aún más, acompañado de la acción involuntaria de mirar por encima del hombro, para cubrir mi espalda a expensas de un ataque imprevisto. Nunca había encontrado la, hasta ahora, estrecha cocina, tan alargada. Nada en ella denotaba la presencia reciente de una persona, excepto el hecho de que la única ventana se encontraba abierta de par en par, dejando pasar el escandaloso viento, que había desperdigado por el suelo unos cuantos apuntes que había dejado olvidados, y ahora me arremolinaba el pelo.

Finalmente llegué a ella, pasé mi cabeza por debajo del dintel de la ventana con la misma sensación de que lo hacía bajo la hoja de una guillotina. Me asomé y miré, a tientas, a ambos lados de la tortuosa calle, ya que las farolas en derredor estaban apagadas y enfrente, en el parque, no había ni un alma. Conforme al fin con la comprobación, me dispuse a meter mi cabeza otra vez en el interior, cuando un pequeño objeto me golpeó la coronilla, produciéndome mayor daño que si no me hubiera pillado de imprevisto.

Sin temor a lo que pudiera encontrar sobre mí, giré momentáneamente la cabeza hacia arriba y escudriñé en busca de cualquier sombra que esa brillante y fantasmagórica luna pudiera proyectar, y que me diera el menor indicio de que lo que me había golpeado no había caído por casualidad.

Nada.

Pero mantuve un instante la posición, a expensas de que si había alguien sobre mi cabeza, diera la cara para comprobar si había acertado o errado el tiro.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Esta historia es casi tan antigua como la humanidad. Desde que el hombre levantó la vista al cielo, anheló poseer todo cuanto le rodeaba, sin importar el precio que por ello tuviera que pagar. Y cuando descubrió que podía gobernar los mares se lanzó a la aventura. Los océanos se poblaron pues de valientes e intrépidos navegantes que no temían arriesgar sus vidas por una patria o una bandera.
Pero… esta historia no habla de gente noble ni honrada, habla de canallas que amaban el peligro, odiaban el trabajo y ambicionaban por encima de todo las riquezas que poseían los demás.

Enrólate en la peor tripulación jamás imaginada: Piratas, escoria, ron, aventura, magia, traición, ambición, envidia, mentira, lujuria, tesoros… La bandera negra está izada! Quedáis convocados.

¿La recompensa? Gloria, muerte o un puñado de monedas.



Los tambores sonaban en la plaza principal de los suburbios de la ciudad portuaria de Narving. El sol, que alumbraba sin piedad las cocorotas de la gente que se agolpaba de cara al patíbulo, estaba en lo más alto del cielo. Escasos eran los guardias que mantenían el orden en la plaza, unos ocho o diez. La multitud abucheaba y esperaba impaciente la llegada de los reos a los cuales esperaba la horca.
En el patíbulo, el verdugo ajustaba los lazos corredizos y probaba una y otra vez las trampillas.
El murmullo de la gente se hacía cada vez más intenso hasta que se convirtió en una amalgama de insultos, gritos e improperios contra tres figuras que aparecían por el extremo norte de la plaza custodiadas por cuatro guardias más.
Conforme los desdichados se iban acercando a su destino la multitud se calmaba a excepción de algún espontáneo. Mientras el verdugo se frotaba las manos profiriendo una sonrisa bajo su capucha, los prisioneros subían los últimos escalones que les separan de la horca. Su final era inminente: una caída breve y una parada en seco.

-Con el fin de mantener el orden y la jurisdicción en estas tierras –comenzó un guardia leyendo un pergamino en voz alta. –y por orden del Tribunal Superior de Justicia, quedan condenados a colgar del cuello hasta morir y con los siguientes cargos…

En ese momento el verdugo se acercó a Bellatrix (una de las condenadas), le ajustó la soga y comprobó que sus grilletes estaban bien ajustados (suena un clic casi imperceptible), lo mismo hizo con Baltus y Evelyn, los presos restantes.
Pronto comprobaron que sus manos a la espalda estaban libres de grilletes pero no las movieron.
-Bellatrix Blythe acusada de robo, tortura y asesinato, de injurias contra cargos del gobierno y de colaboración con la piratería. Culpable.

El verdugo se acercó a Bellatrix de nuevo y le dejó un pequeño bulto alargado y le susurra: “A mi señal dispara y haz todo lo posible para escapar con el otro hombre. Hay una tapa de alcantarilla accesible”
Se acercó a Baltus y le depositó un objeto esférico en la mano y también le susurró algo casi sin mover los labios bajo la capucha.
-Baltus Crow, acusado de atraco, saqueo de barcos mercantes y de intento de robo de un navío de la armada. Culpable.

La gente comienzó a impacientarse y a gritar. Evelyn notó un objeto alargado también: “A ver qué eres capaz de hacer con esto, vendrás conmigo a mi señal.”
-Evelyn Dark, acusada de...

El pasillo norte de la plaza se empiezó a alborotar y se oyeron gritos: “¡DETENEDLOS!”
Se escuchó el sonido metálico de una espada desenvainada y los reos sientieron que la soga ya no ejercía presión en su cuello. Sus manos estaban libres. Bellatrix tenía una pistola, Evelyn una daga y Baltus una granada de mano.
-¡Vale!-soltó el verdugo –“sólo” queda poner en práctica la más noble de las tradiciones piratas: ¡huir!

Así comenzaba hace algún tiempo una partida rolera sobre los seres más infames que poblaban los mares del Caribe. Pirates is coming soon!

lunes, 2 de agosto de 2010

Sexless Innkeeper

Es bastante pésima, sin métrica ni rima cuidada, sin ritmo y forzada, y demuestra mi negación ante el arte del verso. Pero me lo pasé bien en la media hora que estuve haciéndola ('^_^)
Tras una ajetreada tarde
muchas horas libres tenía,
por lo que decidí salir a la calle
y ver qué es lo que me ofrecía.

Sin intención de ligar
un libro conmigo traje
para sus páginas ojear
y parecer interesante.

En mi búsqueda de un buen lugar
encontré un interesante pub.
Entré algo desconfiado, incluso con miedo
pero con simpatía me saludó
el atento camarero.

¿Qué va a ser caballero?
preguntó amable,
divisé una apartada mesa
en la que poder refugiarme.
Lo miré: su mejor cerveza,
a lo que asintió lisonjero.

Con media jarra vacía
o llena, según se mire,
mi mente danzaba libre
en total algarabía.

Enfrascado en mi lectura
no alcancé a percibir
una mirada de dulzura
dirigida hacia mí.

Alcé la vista y allí estaba
mirándome con atención
Con una sonrisa extasiada
que no tenía comparación.

Su cara decía ternura
pero sus ojos susurraban pasión
debía mantener la cordura
para aplicar la lección.

Se acercó y preguntó al instante:
¿Estudias psicología?
Claro, dije, seguro te interesaría,
mientras su mirada implacable
por dentro de placer gemía.

Con prisa fuimos a mi habitación
y la chica bien dispuesta estaba,
con apremio me lanzó al colchón
mientras su mano en pecho bailaba.

Nuestras pasiones se desataron
y nuestra ropa iba desapareciendo,
mientras unas voces que era, negaron,
el posadero sin sexo.


martes, 27 de julio de 2010

It's gonna be Legen-(wait for it)-dary!



Tras algo de mi propia cosecha, como era lo anterior, paso a hacer una reseña sobre una de las series de televisión que más me han marcado en este último tiempo. Porque si ya hice una “pequeña” reseña sobre una gran serie literaria, no voy a ser menos en este caso.

Mucha gente la cataloga como sucesora de la legendaria Friends, pero en el siglo XXI. Sin embargo mi intención no es seguir esa estela de opiniones, ya que YO no he visto Friends; puedo haber visto algunos trozos o incluso algún capítulo entero, pero no la he seguido, por lo que no tengo la capacidad (y tampoco el derecho) de sobrevalorarla o de menospreciarla en comparación a Cómo conocí a vuestra madre.

A expensas de la 6ª, que por lo que veo promete. Estas 5 temporadas han tenido de casi todo (también algunos capítulos flojos y otros geniales), y espero que sigan sorprendiéndome y no caigan en lo absurdo y se vayan apagando por la pérdida de fuste.
No.
Quiero más Ted-iosidades, más Robin indecisa, menos Marshall y Lily ñoños, y más Barney. Quiero giros bruscos de trama, más risas, momentos épicos y... por dios! saber quién coj$%&! es su madre XD

Ya que antes de pasar a lo meramente técnico, me gustaría hacer mención a aquellas cosas que me ha transmitido esta serie y de las que he aprendido, sin olvidar que es una serie y que se trata pues de ficción, por supuesto.

Entre ellas puedo mencionar, como una de las principales, el valor de la amistad, reflejado sobre todo en ese último capítulo de la quinta temporada, en el que Robin deja de lado su relación, la cual comenzaba a tomar en serio, y su soñado trabajo, por su gente. Porque a veces me pasa que me lleno de orgullo cuando hablo con alguien y nombro a mis verdaderos amigos “mi gente”; de orgullo hacia ellos y hacia mí por conservarlos.

Porque ellos (los protas) forman una panda. La que queda siempre en el mismo bar, pero la que tiene una diversidad de opinión y formas de ver la vida. Y sean cuales sean esas formas siguen juntos; y si no lo hacen por algún motivo, pronto se dan cuenta de que lo que quieren y necesitan es estar juntos.

Otro aspecto (ya que si sigo con el de la amistad me pongo ñoño y dejaré de hablar de la serie XD), son las relaciones de pareja. Hay 3 visiones de esta, aún por estudiar, “situación” humana (si juntamos a Marshall con Lily y a Robin con Barney). La visión del protagonista y narrador de la serie: Ted. Cree en el amor a primera vista (como cuando conoce a Robin) y busca una relación estable y duradera que le lleve a tener hijos y una vida en familia, por lo que piensa demasiado las cosas y es bastante perfeccionista a veces (aunque a veces también se olvida de esa búsqueda y cae en algún que otro ligue pasajero). Están Marshall y Lily. Son la supuesta pareja perfecta: fieles, conectados y en un principio buscan lo mismo (aunque al final de la 1ª temporada se ve algún tropiezo, o más bien un descarrilamiento). Ted quiere imitarlos y se deja a veces influir por su antítesis para conseguirlo, la tercera visión: Barney. Es lo contrario a Marshall y a Ted. Es promiscuo, libertino e inconstante. Detesta el matrimonio y la vida en pareja. Robin, es también parecida a Barney en estos últimos aspectos, pero de un modo u otro se cansa de esa inestabilidad e “imita” a Ted.

*Si tuviéramos que seguir a Freud y su estudio de la consciencia y amoldarlo a las relaciones de esta serie: Barney sería el Ello, Ted el Yo y Marshall el SuperYó (pajas de psicólogo aparte).

Porque de estas visiones aprendes, aparte de los trucos para ligar de Barney jajaja, que el camino que cada uno tome no es peor que el de los demás porque sean contrarios o diferentes. A veces puedes arrepentirte de una decisión, pero siempre tendrás a alguien que te ayudará a encauzarla...

Por mi parte, está todo, aunque con la tontería me ha quedado demasiado largo (y un poco/bastante cutre) y se me han olvidado los detalles técnicos… bah! Paso, ¿a quién le importan? Aunque sí tenemos que enfocar lo que nos importa, luchar por ello, y en el caso de que lo tengamos, mantenerlo.

Sin más, decir: When I get sad, I stop being sad, and be AWESOME instead.

Disfrutad del verano, que yo intentaré hacer lo mismo, aunque sea de esta forma ;)

miércoles, 21 de julio de 2010

BAJO EL DOMINIO DE LA NOCHE

Hacía tiempo que no publicaba nada y he encontrado este fragmento por ahí, el cual iba a ser y sigue siendo el origen de mi personaje predilecto:


Era una noche extraña. De esas que no se repetían en mucho tiempo.
La luna quedaba eclipsada por un espeso manto de nubes que murmuraban. Su vigoroso resplandor llegaba a penas como una anaranjada claridad mortecina.
Una densa neblina se había apoderado del muelle y los embarcaderos de la ciudad costera de Verice. Los escasos barcos que estaban dispuestos a faenar en una noche tan cerrada, lo hacían con cierto temor.
La leve brisa hacía tambalearse el letrero de un antro llamado El Gato Tuerto. Allí el alcohol, las prostitutas y la farra estaban tan a la orden del día como las reyertas.
Pero esa noche no. Esa noche la discusión más acalorada era la que el tabernero, medio ebrio, mantenía con su copa de coñac.

En el centro mismo las calles estaban desiertas. Los carruajes estaban apostados a la espera de clientela. Y los murciélagos y aves nocturnas revoloteaban de forma extraña sorteando a su vez edificios, farolas y chimeneas.
Las suntuosas casas, en su mayoría con amplios ventanales y exquisitas molduras, emitían la tintineante luz del fuego a través de las cortinas de felpa echadas.

La tormenta se cernía sobre Verice. Los murmullos eran ahora truenos que sucedían a centelleantes relámpagos.

El extrarradio suburbano era la zona más castigada por las tormentas. Las casas allí erigidas quedaban reservadas para la clase media-baja. Su acondicionamiento y desagüe eran deplorables, permitiendo que la acumulación de aguas torrenciales fuera la pesadilla de sus habitantes. Por no mencionar la, de momento no muy acentuada, insalubridad.
Era el precio que había que pagar a cambio de una ya miserable vida.
Como decía el refranero: a perro flaco, todo son pulgas.

En esta zona, el silencio no era tan sepulcral como en el centro. Los intensos ladridos de un joven cánido hacían de coro a un viejo vagabundo que canturreaba en un callejón que ampliaba su voz.

Pero a semejanza de la zona próspera de la ciudad, las calles estaban desiertas. Tan solo esa neblina fantasmal campaba a sus anchas.
Al poco rato el vagabundo dejó de cantar. Sin embargo el can continuaba con su particular lucha contra el silencio roto por los truenos cada vez más intensos y continuos.
Una chirriante ventana se abrió y una potente voz varonil reprendió al animal. O mejor dicho, a su dueño:

-¡Maldita sea, Crawler, haz callar a tu jodido perro! –gritó. Pero los Crawler no estaban en casa desde hacía varios días.
Por ello, los improperios y amenazas de Hogan Murstein, que casi todas terminaban nombrando a su preciada ballesta, fueron en vano. La ventana cerró de un portazo, y con ella el señor Murstein y su particular verborrea cesaron.

Lo normal también era que, todas las noches, los gatos se arremolinaran junto a los montones de desperdicios a expensas del carromato que los recogía. Pero esa noche no.
Esa noche un impertérrito felino de piel oscura y ojos amarillos, permanecía rígido e impasible, con la mirada perdida oteando hacia ninguna parte. Aunque se podría asegurar que la niebla no mermaba su campo de visión.
Parecía ausente, sin las típicas preocupaciones que pudiera tener un animal como él; comer, huir de algo o alguien o maullar por algún motivo.
No. Parecía como si esperara. Como un pescador espera que un pez pique en su anzuelo. Como un enamorado una señal de su amada.
Sólo esperaba.

Unas tímidas y gráciles gotas de lluvia comenzaron a acariciar ventanas y claraboyas. La neblina se disipó levemente. En ese instante, un violento y fulgurante rayo surcó el cielo dando la impresión de que iba a resquebrajar el firmamento. Pero el trueno fue aún más impactante; como una docena de timbales aporreados sin intención musical.
Eso sacó al felino de su abstracción y volvió a sus instintivos reflejos cobijándose bajo unos tablones de madera.
Las tímidas gotas de lluvia eran ahora afilados dardos impulsados por el silbante viento. La niebla había terminado de disiparse, pero el resultado fue mucho peor. La inestabilidad del exterior habría catalogado como, algo más que de imprudente al que hubiera pisado la calle en aquel momento.
El panorama era poco menos que dantesco. Pero nada comparado con la situación en la mar. Ya no había nada que impidiera pensar que la jornada de pesca quedaba clausurada. Por esta razón, El Gato Tuerto recibió sus primeros y únicos clientes esa noche.

Los desagües y canalejas no daban abasto en los suburbios. Los desniveles del terreno provocaban el estancamiento del agua y la creación de enormes charcos. Pero la precaución de sus vecinos, a pesar del inusual torrente, proveyó de trancos y otros aislamientos a algunas puertas.
Sin embargo la calle parecía un cabal poco profundo en algunas zonas. Los únicos tramos que escapaban de las inundaciones eran los callejones cubiertos.

De uno de ellos, y como si la sombra la hubiera escupido, surgió una figura envuelta en penumbra. Caminaba de forma trémula y titubeante.
El viento enarbolaba su ajado mantón, que le llegaba hasta mitad de la pantorrilla, dejando ver unas piernas claramente femeninas.
Bajo la capucha su pelo y su cara estaban empapados.
Su cuerpo entero se estremecía y temblaba con cada ráfaga. Y el agua recalaba también hasta su humilde vestido harapiento. Pero, aún así, y de manera incluso recelosa, cuidaba de que el voluminoso fardo que portaba no sufriera ninguna de esas inclemencias.
Tambaleante iba de un lado a otro de la calle, buscando signos de vida interior en las casas circundantes. Hasta que en una, la tintineante luz de un candil, dejó ver sus jóvenes facciones.
Era una chica guapa de tez cerúlea aunque de sonrojadas mejillas. Su cara era el reflejo vivo de la tragedia, de la desesperación. Si no hubiera tenido la cara mojada por la lluvia, las lágrimas habrían recorrido solitarias su rostro.
Profirió un sollozo y observó el interior de la casa. A través de la ventana se podía ver a una mujer rubia, poco mayor que ella, zurciendo unos modestos pantalones de lino a la tenue luz de un candil de aceite.
La estancia era muy modesta, pero acogedora. Posó una mano temblorosa en el cristal con aire melancólico. Habría dado lo que fuera por un lugar como ese.
Nuevamente sollozó y por primera vez, desde que salió del callejón, reparó en el fardo que portaba. Una rosada carita de bebé con un penacho de pelo oscuro asomaba por encima de una maraña de trapos y mantas.
La mujer sintió una punzada en el pecho y un nudo en la garganta. Quiso decir algo en la soledad de aquella intrincada noche, pero no pudo.
Lo único que se escuchó fue el gorjeo de la lluvia sobre el encharcado suelo. Y a intervalos dispares y arrítmicos, la horda de timbales que atronaban el oscuro cielo.
Los pies de la muchacha, cubiertos por una fina tela y una desgastada suela a modo de calzado, chapotearon hasta la puerta principal de aquella casa.
En ese instante no se percató a tiempo de la llegada de un rimbombante carruaje tirado por dos hermosos corceles negros. El coche pasó a toda velocidad por su lado levantando un embate de agua estancada de una poza. La mujer tan solo pudo dar la espalda para proteger a su hijo, con la contrapartida de que quedó empapada desde los pies hasta los hombros.
Eso la hizo estremecerse aún más. De ella se apoderó una incesante tiritona. Comprobó que su protección había resultado efectiva para evitar que su bebé acabara empapado también. Pero lo que no pudo evitar fue un silencioso llanto que la envolvió, fruto de la desesperación y la impotencia.

Sin más preámbulos se decidió por fin por un lugar seguro donde dejar a su hijo. Aquella casa parecía acogedora y tranquila; todo lo buena que se podía esperar en ese momento. Cualquier cosa era mejor que la inmundicia de caminar bajo la tormenta, una noche como aquella y sin la expectativa de un lugar para guarecerse.
La joven clavó sus rodillas desnudas en el enfangado suelo. En otro momento quizás se hubiera hecho daño, pero en ese instante no.

Cogió con mucho cuidado al bebé, enfundado en trapos y mantas, y lo depositó en el zaguán de la puerta principal. La delicadeza de los movimientos de la chica contrastaba con la violenta tormenta, que poco parecía importarle.
De uno de los bolsillos de su ajado vestido sacó un trozo de papel de pescadero. En él garabateó con carboncillo una extraña palabra y lo metió entre los trapos que abrigaban a su hijo.
Acto seguido se agachó junto a su cabecita, y con sus fríos y a la vez cálidos labios acarició la frente del niño.
Quiso la providencia que un fúlgido rayo surcara el cielo e iluminara la tez del neonato, confiriéndole un aire ancestral y, por qué no decirlo, mágico.
Su madre sollozó en silencio. Quería, en parte, que ese instante no acabara ahí. No quería abandonar así, al sereno, a la sangre de su sangre. Pero las circunstancias eran innegables, y era eso o nada. La nada significaba enfermedad, pobretería, soledad… y la única manera de cambiar esa suerte era así.

Quizás fuera el relámpago o la ausencia del calor corporal materno, pero el niño despertó.
Lloró, acompañando tal vez el sentimiento de su madre. Pero ésta estaba ya a unos pasos de distancia de él.
Al otro lado de la puerta, dentro de la casa, se escuchó un leve tropel de pasos.
La moribunda y joven madre debió notarlo, e instintivamente giró la cabeza para comprobarlo. Pero sus piernas se entrelazaron y hundió el pie en una pequeña poza. Su tobillo se torció y cayó de rodillas. Esta vez sí le dolió, y con las piernas ensangrentadas se levantó y corrió cojeando hasta un callejón desde donde pudiera observarlo todo.
La puerta de la casa se abrió y la luz del vestíbulo escapó del interior. Una joven rubia salió y descubrió el fardo allí mismo, en su portal. Era un bebé y, tal y como su oído le había indicado instantes antes, estaba llorando. No lo dudó ni un momento; lo cogió e intentó calmarlo con un suave traqueteo.
Miró a ambos lados de la calle. Pero, aunque hubiera podido, no habría visto a nadie. La lluvia, que caía a borbotones, todo lo hacía más confuso.


Para Pepe