"Al jugar al ajedrez entonces, podemos aprender: Primero, previsión...Segundo, prudencia...Tercero, cautela...Y al final, aprendemos del ajedrez el hábito de no ser desanimados por apariencias malas presentes en el estado de nuestros asuntos, el hábito de la esperanza por una oportunidad favorable y la perseveración de los secretos de los recursos"
[Benjamin Franklin]
Una valiosa escena en un descanso del rodaje de El Club de la Lucha que encontré:
Y una gran frase:
"A condom is the glass slipper for our generation. You slip one on when you meet a stranger. You "dance" all night, and then you throw it away. The condom, I mean, not the stranger."
Lo atrajo hacia sí agarrándolo por la corbata, provocando que el contenido de su vaso de whisky se derramara por el interior de su muslo izquierdo.
La mujer, con la mirada clavada en él y aún sentada en el taburete, lo aprisionó entre sus piernas atrayéndolo hacia su interior.
El hombre dejó el vaso de bebida ambarina sobre la barra y se acercó a su oído para decirle que le encantaría echarla sobre una mesa y follarla desenfrenadamente a ojos de todos y para la envidia de los allí presentes.
La mujer no lo soltó de la presa que hacía con sus piernas y lo miró desafiante. A continuación, deslizó su mano por debajo de la camisa del hombre hacia el hombro y allí clavó sus uñas, arrastró y pudo ver como se deshacía en esa sensación de lujurioso y candente dolor. Si no había provocado que aflorara sangre era porque no había apretado lo suficiente o porque ésta se había dirigido hacia otro sitio.
Él apartó su cabello, lo único que lo separaba de aquella franja de piel tan apetecible y que tantas debilidades desataba. Allí donde el alma animal de cada uno era más superficial y sensible y donde la voluntad se evaporaba junto al calor que del cuerpo manaba. Mordió su cuello, ese lugar donde un instintivo escalofrío provocaba que el más manso de los gatos se transformara en la más salvaje de las panteras con una sed de sangre voraz.
Él estaba duro y respiraba como un león hambriento, y ella no pudo más que mojar su entrepierna y morderse el labio con fuerza.
Con el alma prendida por el fuego del infierno, se separaron lentamente y los dos volvieron a su fría realidad.
Y allí, a unos metros de distancia y a días de diferencia, en el mismo bar, ambos miraron en solitario ese taburete vacío imaginando de forma melancólica y deleitable todo lo que allí podría haber sucedido.
El sabor del vino podía aún paladearse en sus labios, al igual que sentir el aroma que manaba de su cuello y su pecho. Estaba algo aturdido, al igual que la mayoría de las mañanas de los últimos meses. Dormía poco y pensaba demasiado, y ello estaba suponiendo una pesadilla para su salud y pasando factura a su humor y a su estado de ánimo.
Pestañeó varias veces para acostumbrar sus ojos a la tenue luz de aquella gris mañana, y se presionó el entrecejo mientras cerraba los ojos con fuerza. Estiró el brazo izquierdo resoplando y desperezándose sin esperar que chocaría contra algo, pero sí lo hizo. La figura a su lado, que se dibujaba bajo las sábanas, le daba la espalda; una hermosa espalda con algún lunar aquí y allá.
Se tornó hacia ella y la abrazó por detrás. La muchacha dio un repullo y cuando supo qué era lo que sucedía, acarició el antebrazo de Marcus suavemente con las uñas y se puso las manos del joven sobre el pecho desnudo.
El general se acurrucó en su espalda y sus ojos se cerraron de nuevo.
-No, pero… ¿por qué? Te quiero, no… no lo hagas –suplicaba de forma casi patética mientras el filo de una daga curva se dibujaba sobre el fondo negro de la estancia.
La respiración de Marcus se agitaba y su corazón pedía a gritos salirle por la boca:
-Por favor… no –imploró de nuevo, y al parecer, la figura femenina, que se aproximaba hacia él, cambió de idea, ocultando la daga y descendiendo hacia su entrepierna -haz esto otro –dijo cogiéndole la cabeza –sigue… mírame, quiero verte la cara –apartándole el pelo.
Pero no llegó a verla. Como en las demás ocasiones, una sombra difusa ocultaba el rostro de la mujer proyectando tan solo unos ojos rojos inyectados en sangre. De forma repentina, la daga volvió a brillar por última vez antes de bajar repetidas veces sobre Marcus haciendo manar un líquido oscuro de su torso.
-Mira, la sangre a la luz de la luna es casi negra –la voz femenina reía mientras Marcus, aún en shock, era incapaz de articular palabra.
En ese instante, golpearon el portón de sus aposentos. El joven despertó al instante y al darse la vuelta en su sobresalto, cayó de la cama.
-¡Mi General, estandartes! –bramó un soldado desde el otro lado.
Cuando se dio cuenta de dónde se encontraba, se incorporó raudo y, aún con la respiración entrecortada, se sentó en la cama. Suspiró profundamente y miró a su lado: la joven seguía allí. Sin percatarse de que estaba desnudo descorrió el pestillo, abrió la puerta mirando al soldado y henchido de rabia:
-Tienes la sutileza en el culo ¿te lo habían dicho?
-Mi señor, creí que… -comenzó el soldado algo abochornado.
-Pues creíste mal –dijo Marcus aún apretando los dientes –Estandartes… ¿cómo? ¿de qué? Distancia, unidades, paso, ¿se han lavado la cara esta mañana? ¿llevan legañas? Habla.
El joven general había conseguido amedrentar al soldado, que ahora solo balbuceaba:
-Pu… pues, so… son unos 50, con u… u… una decena de portaestandartes, to… todos a caballo –dijo atropelladamente. Marcus lo miró impaciente enarbolando una ceja y con la pregunta de: “¿nada más?” grabada en su rostro –Los mo… montaraces di… dicen que acaban de cruzar el pa… paso de Zancada… do…dos leones rampantes opuestos so… sobre campo de gu.. gules, señor. Quizás vengan a parlamentar.
Sí, a parlamentarme a mí los cojones. Esa es la vanguardia, seguro que detrás viene el grueso del ejército, jodido inútil, pero no lo dijo.
-Los Lauser… –murmuró Marcus.
-¿Disculpe, mi general? –preguntó el soldado.
-Llame al Lord Comandante Broadbent, -su cara ya no reflejaba enfado, sino acción y contundencia -dígale en mi nombre que reúna a los Maestres de Campo en la sala de Juntas, estaré allí en breve –ambos se quedaron mirando -Vamos, muévase como si se quitara avispas del culo, maldita sea.
-Sí, señor –y el soldado se fue con apremio dejando a Marcus con la duda de si había entendido bien las órdenes.
Al cerrar la puerta y volver la vista a sus aposentos, el joven percibió estos un poco más oscuros, más fríos. Buscó con la mirada por cada rincón y junto al ventanal encontró sus pantalones. Se los calzó y se volvió a echar en la cama sin darse cuenta siquiera que la mujer a su lado estaba despierta, con los ojos abiertos y mirándolo mientras las sábanas dejaban poco lugar a la imaginación de lo que no llegaban a cubrir.
-Mi señor…
-Sí, los tenemos encima…-dijo ausente -tengo que darme prisa –pero al parecer no tenía ni pizca de ganas. El tiempo se había detenido al echarse en el jergón y tuvo miedo de que si ponía un pie en el frío suelo de piedra, éste volviera a avanzar.
Volvió su mirada hacia la joven. A aquellos ojos que la noche anterior habían sido el mar por el que había zarpado sin miedo a verse perdido en la tormenta que él mismo había provocado. Finalmente, el joven se levantó de la cama en el momento en el que la mujer alargó el brazo para cogerlo consiguiendo tan solo rozarlo a duras penas.
El general lo notó, se giró y sin pensarlo se echó encima de ella besándola de forma arrebatadora mientras ésta volvía a deshacerle las lazadas de los pantalones. Marcus sumergió sus labios en su boca, su cuello y bajó hacia sus senos, y en el momento en el que ella llegó a su miembro, él se detuvo y agarró su mano, la templó y la aprisionó contra la cama a modo de arresto.
Se quedó un instante sobre ella, respirando profundamente mientras sus ojos manaban una mezcla de deseo y lujuria.
-No tenemos tiempo -dijo sin estar seguro de que era aquello lo que debía hacer.
-Pero… mi señor, y si no volv… -Marcus posó un dedo sobre sus labios y acalló aquella horrible posibilidad.
-Lo haré, y si no lo hago, vuestra mirada será lo último que surque mi mente –le había quedado tan bien, que hubiera deseado que de verdad así fuera.
Una vez calmado, se levantó y volvió a anudarse los cordones del pantalón. Se calzó las botas de piel marrones y en lugar de la camisola de lino, se enfundó una más formal. Sobre ella, el tabardo con el emblema de su familia y la insignia de General. Cogió su preciada Zadia, que descansaba contra la pared, y se la ajustó a la cintura. Se refrescó la cara en una tina de agua y completó su atuendo con una capa color beige.
Al salir intentó no volver la mirada hacia la cama donde unos ojos desconsolados veían como se marchaba. Pero fue débil y lo hizo. Respiró por última vez el olor de su alcoba mientras la observaba, y apretando los labios levemente afligido, cerró tras de sí.
Una vez en el pasillo y de camino a la sala de juntas puso en orden sus prioridades a partir de ahí. Si el ejército del Emperador había cruzado Helder y vencido a los Blenoir, quizás su primo también habría sucumbido al empuje de las tropas de Lombard.
En ese instante, mientras entraba en la sala con la cabeza alta observando a los presentes ya ataviados con relucientes armaduras, unas más abolladas que otras, que se habían puesto en pie a su llegada, recordó las últimas palabras de su primo: “Si muero, si me capturan o si está claro que hemos perdido la guerra, rinde Tauton y cúlpame de todo. No permitiré que nuestra familia caiga conmigo. Júramelo, no te pido tu opinión, Marcus, soy tu señor y si no me obedeces ordenaré que te encarcelen”.
-Mi General, tenemos que… -comenzó el Comandante Broadbent sin darle tiempo a Marcus siquiera a sentarse. Éste alzó la mano y lo hizo callar hasta que hubo llegado a su sitio.
Los miró a todos y cada uno con una tranquilidad pasmosa, totalmente en disonancia con lo que sentía por dentro.
Comenzó a observar con detenimiento un enorme mapa desplegado sobre la mesa. No articuló ni media palabra y el resto de oficiales, aunque de buena gana habrían comenzado a cacarear como posesos, tampoco lo hicieron. Prefirieron permanecer expectantes a lo que dictaminara aquel joven que presidía la mesa.
Marcus alzó por fin la vista del mapa:
-Señores, sabíamos que esto llegaría tarde o temprano, y no veo ningún inconveniente para continuar con la maniobra que teníamos planeada para tal efecto.
-Pero, mi General… -comenzó con voz contundente el Maestre de Campo Ranvier, un hombre de portentosas espaldas y patillas pobladas, cuya armadura podía diferenciarse como la más abollada y curtida de todas.
-No hay peros –lo cortó Marcus -No os lo estoy pidiendo, no es una ruego y por supuesto no estoy dando pie a una discusión al respecto. Es una orden, caballeros. –miró a Broadbent –Lord Comandante, vos lideraréis la operación y Ranvier os acompañará, yo me quedaré en Tauton dirigiendo la vanguardia.
-Mi señor, correréis un grave pe… -comenzó Broadbent lo más rápido que pudo, pero aún así, Marcus lo aplacó.
-No hay nada más que hablar, partiréis cuanto antes –miró al resto: -Caballeros, no hay tiempo que perder. Conocen el terreno, conocen las órdenes, conocen a nuestro enemigo… saben de sobra lo que tienen que hacer –dicho aquello, inclinó la cabeza a modo de saludo y salió de la sala de Juntas antes que nadie.
Y es que, aunque la reunión había sido breve, ya que la situación así lo requería, a Marcus se le había antojado eterna.
***
Mientras su armadura estaba siendo ceñida torpemente por su escudero, el joven general mantenía ocupada su mente preparando lo que tendría que decir para arengar a sus hombres y mentalizándose para lo que se le vendría encima. Tanto que ni siquiera puso objeciones cuando por segunda vez el muchacho engarzó mal el gorjal y éste cayó al suelo produciendo un desagradable sonido metálico.
Su cabeza estaba en otro sitio, quizás en su alcoba, quizás aún en las palabras de su primo, pero lo cierto era que no estaba pendiente de si su indumentaria de batalla estaba lista. Aún así, cuando lo creyó, salió apresuradamente de su despacho en dirección al patio central de armas, donde el contingente de soldados y caballeros esperaban sin formar.
Sobre las escaleras de piedra que daban a las almenas de las murallas, con la cabeza alta y su mano izquierda posada sobre el arriaz de su espada, perdió la mirada entre sus hombres:
-Caballeros de Tauton –gritó -Vuestras tierras, vuestras familias y vuestras gentes os reclaman. Aunque no los escuchéis desde aquí, gritan y piden que los salvéis de aquellos que han osado declararnos en rebeldía y atacarnos sin un casus beli apropiado pretendiendo llegar hasta aquí por la fuerza. –se detuvo y continuó para que sus palabras recalasen -Os han llamado asesinos, violadores y ladrones. Con sus calumnias y su guerra sin sentido han perturbado la paz de nuestra tierra y traído la muerte a ella. Han arrasado campos, vertido sangre inocente y destruido todo aquello que con tanto esfuerzo nos costó levantar. Pretenden someternos a la opresión y al yugo que antaño sufrieron nuestros antepasados. Quitarnos aquello que nos hace hombres, que nos diferencia de los animales; nuestro bien más preciado ¡La libertad!
Los soldados gritaron enardecidos ante las palabras de su joven General.
-Hermanos, al otro lado de esas murallas nos espera un ejército con numerosos hombres, pero con inferior número de caballeros. Yo iré delante, seguid mi paso y no os separéis. Vuestro general no os abandonará, luchará a vuestro lado. Porque no podría encontrar mejor manera de caer, ni mejor motivo por el que luchar, ni por supuesto mejores hombres junto a los que combatir.
Sus hombres emitieron una mezcla de júbilo y sed de batalla.
Están listos, pensó, mientras una tímida gota de lluvia acarició su nariz. Miró arriba: El cielo llora prematuramente; hoy morirán muchos hombres, se dijo antes de ascender.
Culminó finalmente en las murallas mientras vio algo que le heló la sangre. Lo esperaba francamente, pero aún así lo perturbó.
Tras los anunciados estandartes con dos leones rampantes opuestos sobre campo de gules portados por la caballería, comenzaron a sucederse puntas de lanza, picas y a continuación cascos. Hasta que finalmente descubrieron, no un contingente, si no varias formaciones de más de mil hombres cada una. Su formación indicaba que abrirían dos frentes y atacarían el flanco norte y el este de la ciudad. Marcus así lo había previsto, ya que él mismo lo habría hecho de esa manera, haciendo caso a una consigna que le inculcaron desde pequeño: “Si quieres vencer a tu enemigo, imagina que es una máquina perfecta”
-Caballeros antiguos, conmigo en la vanguardia –gritó una vez hubo descendido de nuevo de las almenas -Caballeros novicios en la retaguardia –A continuación una retahíla de instrucciones llegaron a oídos de sus maestres de campo para que los trasmitieran sobre la pintura a los soldados.
Mientras las enormes puertas de madera se abrían y las tímidas gotas hacían ahora alarde de osadía, Marcus no pudo si no volver a recordar las palabras de su primo, y antes de lanzarse a la vanguardia de sus tropas, solo pudo pensar una cosa:
El día, al igual que todos los de la última semana, había pasado demasiado rápido, pensó Marcus mientras observaba embelesado el albo resplandor mortecino que la luna llena vertía sobre los jardines que rodeaban el castillo.
Bajó la mirada y la dirigió allí donde los parterres eran más frondosos y las rosas salpicaban cada palmo del jardín con sus diversas formas y matices.
Pero no se detuvo ahí y miró más allá, donde los arbustos ya precisaban de una pronta poda, aunque igualmente conservaran la beldad de lo salvaje dentro de tanta armonía.
Se dio cuenta, con cierta desazón, que hacía tiempo que no visitaba aquella zona. Recordó cuando jugaba con sus hermanos y sus primos entre aquellos arbustos y soñaban con ser soldados o caballeros. Sus primos hicieron realidad sus sueños, no así él, cuyo futuro se vio truncado por una muerte.
Se le notó levemente en el rostro que estaba algo más serio, más nostálgico. Por suerte no había nadie que pudiera observarlo, pero aún así intentó disimularlo con un sorbo de vino.
No obstante, el desasosiego se apoderó de él cuando volvió al presente. A pesar de la calma que allí se respiraba, el joven general sabía que las huestes enemigas, las temibles hordas de Lombard, compuestas por miles de hombres, se aproximaban hacia ellos.
Era consciente de ello y por ese motivo permanecía aparentemente impasible en aquel lugar.
Desde el balcón de sus aposentos podía ver incluso más allá de las murallas que rodeaban la ciudad. Si un contingente tan numeroso, como aquel del que informaban los batidores que había enviado, se aproximaba, la voz de alarma sería dada y los planes que aquel joven había urdido se pondrían en marcha.
No hay nada que temer, se repetía una y otra vez intentado convencerse.
Absorto en sus pensamientos y sumergido en recuerdos, yendo y viniendo en el tiempo, Marcus había olvidado el motivo por el que no estaba en su despacho de la jefatura militar.
Ella.
Y en ese instante, como si le hubiera leído la mente, un cuerpo de movimientos livianos y cubierto tan solo por un fino vestido de seda color malva, rompió la quietud del momento acercándose a él por detrás y acariciándole el brazo.
-¿Qué tiene a mi señor tan preocupado? –dijo una suave voz femenina.
La guerra, maldita estúpida, estuvo a punto de decirle. Pero no lo hizo:
-Que hacía tiempo no veía luna tan espléndida. La disfrutaba, simplemente…
La mujer lo miró suspicaz:
-No mintáis, mi señor –acariciándole el costado por encima de la camisola de lino, allí donde una enorme cicatriz lo surcaba.
El joven sonrió sin ganas y algo ausente:
-Para qué mentir… la guerra. Me quita el sueño tanto como a todos, porque aunque estemos a salvo aquí, en el corazón de… todo, soy responsable de la vida y la muerte de mucha gente. –comenzó a divagar -Si ganamos, obtendremos la libertad y la prosperidad de nuestra tierra y de nuestras gentes, pero si todo cae –a lo cual todo apunta, pensó -seré el culpable de la destrucción total a la que seremos sometidos… -miró al suelo y decidió cambiar su rostro que comenzaba a alcanzar un tono casi cetrino –Pero bueno, aquí estamos, en uno de los rincones más bonitos de todo el imperio, evadiendo nuestras preocupaciones y buscando como aliviar nuestra carga. –dijo casi forzado a sonreír.
-Sois muy duro con vos, mi señor… –la muchacha no sabía si alabar su genio militar y recordarle las victorias que había obtenido otrora o apartarlo de aquel lugar y así de sus atormentados pensamientos -Contadme algo sobre las tierras del sur –optando por la segunda opción.
El hombre la miró con seriedad, pero su gesto se ablandó y sonrió de forma genuina aunque levemente:
-Os complaceré –dijo a sabiendas de la intención que se escondía tras aquel cambio tema -Podría deciros que son bonitas, exóticas, apacibles, cálidas… pero supongo que todos esos calificativos dependen de los ojos que las miren –sonrió –No niego que tienen rincones preciosos como las famosas Fuentes del Sol, dónde los jardines, las edificaciones, las extrañas flores que lo pueblan todo y el agua que brota mansamente de los rincones más inesperados, le dan un aire pintoresco y agradable; gentes de tez morena y acento sureño a veces mezclado con el de comerciantes y viajeros de las islas al otro lado del Mar de Ampur y de las ciudades de la Bahía de Calas; salpicada de esencias provenientes tanto de su peculiar comida como de las varillas de exóticos aromas que pueblan cada rincón; una tranquilidad tan solo digna de la soledad y de la cálida brisa del desierto, y con una temperatura que excede a la de nuestras tierras. –sin quererlo se estaba trasladando a unos meses atrás, allí, a las Fuentes del Sol. –Pero no terminan de ser de mi agrado. La gente es algo más tosca y por qué no decirlo, más libertina –curioso que eso lo dijera el General Marcus el putero –el calor es poco menos que asfixiante, el desierto es… desierto. Arena y… más arena, y el ambiente aún se puede cortar con un cuchillo. Aunque lo nieguen, los sureños acaban de salir de una guerra civil. No es precisamente una tierra segura en estos tiempos. –cambió su tono a algo más jovial -Pero no pretendo desalentaros, mi Lady –le tomó una mano de forma instintiva –Si todo acaba bien podréis acompañarme cuando emprenda otro viaje. Dudo de que el encanto de las tierras del sur escapen a vuestros sentidos –la besó allí donde la había tomado.
La mujer lo miró casi extasiada y olvidando con quién estaba y quién era aquel hombre, le quitó la copa de vino, bebió de ella y tras dejarla en el alféizar, lo besó. Aunque más que eso lo que hizo fue acariciar los labios del general con los suyos, húmedos y cálidos a la vez, con el sabor afrutado del vino, y dar un pequeño mordisco en el inferior.
Con mirada pícara reflejada en aquellos ojos negros, la joven de oscuros cabellos se alejó dirigiéndose de nuevo hacia dentro, hacia los aposentos.
Marcus la observó con el deseo fulgurando en sus ojos, mientras las finas sedas del vestido realzaban cada una de las curvas de aquel cuerpo al contonearse con cada paso.
-Si mi señor ha dejado de atormentarse, puede venir a echarme una mano con estas lazadas.
Debo estar delirando, pensó mientras veía alejarse a la mujer.
Quizás aquella fuera la última oportunidad que tendría. Quizás al día siguiente le llegaran noticias de que el ejército enemigo estaba asaltando las murallas y tuviera que ponerse incluso a la vanguardia de la contraofensiva. No sería Marcus si se quedaba donde estaba.
Y antes de que la mujer llegara siquiera a cruzar las cortinas que pendían a la entrada y separaban el balcón de los aposentos, el joven general la agarró del brazo y después de la cintura para atraerla hacia sí. Se miraron, y lo hicieron allí donde se encontraba aquello que ambos anhelaban. Casualmente ambos ansiaban el cuello del otro, por lo que tuvieron que competir como fieras para conseguir el bocado.
La joven desató con celeridad las lazadas de los pantalones del general mientras él le deslizaba un tirante y mordía su hombro.
Con determinación y paciencia, Marcus intentaba caminar hacia el lecho paso a paso para hacer que la chica retrocediera mientras su dedo describía círculos en su pezón y sus labios se fundían con los suyos.
En ese instante, la empujó con osadía y ella cayó de espaldas con una leve exhalación de sorpresa. La mujer se recostó apoyando sus brazos en la cama, y con mirada lasciva abrió ligeramente las piernas para recibir al joven.
Y en el instante en el que se abalanzó sobre ella dejó de ser humano.
Olvidó dónde estaba, olvidó la lealtad, el honor, la responsabilidad de sus galones y hasta su apellido. Olvidó a su primo, el Lord de aquel territorio, ante el cual había jurado rendir la ciudad si él moría y la guerra estaba perdida.
En ese instante, el enemigo podía asediarlos, prender la ciudad y reducir sus muros a gravilla, matar a sus gentes; podía incluso lanzar y clavarle una flecha a Marcus en el culo, que no abandonaría aquella alcoba, aquella cama, a aquella mujer que se deshacía en gemidos bajo sus embestidas.
Porque a pesar de todo tenía clara una cosa: había nacido hombre, no general. Y los hombres, como animales que eran, atendían a sus instintos más de lo que ellos pensaban. Ya fuera incluso para ser líderes en la batalla.
Esta vez paso de palabras y mejor dejo una imagen (ya sabéis que dicen que una imagen vale...). No sé si será porque estoy gandulete escribiendo o trabajador dibujando. Quiero creer que lo segundo, así que ahí dejo eso mientras se me ocurren nuevas formas de expresarme.
Debo vivir debajo de las piedras porque ignoraba por completo este evento. Hasta que un colega me habló hará unos días de él y dije: wow! Yo también quiero participar. Y aquí estoy haciendo mi pequeña contribución al evento que inició Jocaté.
Pues que empiece la pequeña muestra:
Aquí tenemos a nuestro amigo y vecino Spiderman disfrutando de este día.
Aquí, Pícara de los X-men, haciendo honor a su nombre con ese trasero.
Otra heroína que no podía dejar en el tintero es Mística.
Elektra es simplemente… Elektrizante.
Para concluir, con una provocativa pose y esa mirada vacía (porque no tiene pupilas… sí, sé que cuando lo explico cago la broma, a joderse) que encandila a la cámara, Lady Death:
Y para que no me digáis que siempre pongo culos de tías, os dejo con uno masculino, el del entrañable Rompetechos:
HAPPY BIG CULO DAY, culones y amantes de los mismos.
Hoy aún no ha venido a visitarme la melancolía, mi fulana más asidua. No ha venido con su vestido corto y gris de seda salvaje, sus labios carnosos sin pintar, ni su olor a jazmín en un día de lluvia. En su lugar, ha sido la visceralidad quien me ha visitado. No llevaba su mejor gala, pero aún así era muy apetecible. Acostumbraba a su vestido color escarlata, sus exuberantes curvas, su mirada llena de pasión y vacía de sentimientos, y su sonrisa pícara. Pero hoy no. Hoy llevaba puesto mis fetiches la muy zorra; sus curvas quedaban ocultas tras una chaqueta de cuero y sus pies por zapatillas converse. Mostraba su misma sonrisa y su misma mirada, pero algo no me cuadraba. Hemos hablado, bebido y follado. De pronto, una bonita melodía y el olor a jazmín han inundado mis sentidos. A mi lado estaba, desnuda, con sus labios carnosos sin pintar y su vestido gris a los pies de la cama. La he mirado apenas sorprendido y finalmente he sonreído: -Me preguntaba cuánto ibas a tardar en venir a tocarme las narices. -Siempre que no te estés follando a alguna de mis hermanas.
Podría haber apurado el culo de mi vaso de whisky, pero no lo hice. Mi boca estaba seca y mi respiración aún agitada. No era ese brebaje de tonalidad ambarina lo que mi cuerpo me pedía, y mi mente tampoco. Me recosté y miré a mi izquierda. Su respiración ya era pausada y el sudor de su cuerpo se había evaporado. Se había dado la vuelta, mostrándome su hermosa espalda con algún lunar aquí y allá, y un interesante tatuaje que se unía con el brazo y cuyo significado desconocía. Me había parecido ver también alguno al final de vientre; no lo recordaba, demasiada mierda. Me levanté despacio para no perturbarla y fui a coger un refresco. Me lo bebí casi a trago y volví a la cama. De camino fui observando mi habitación: libros en cada uno de los estantes con alguna figura entre ellos, ropa por todos lados, folios por el suelo, quizás algún relato que había escrito, producto de mi infame imaginación, y en un rincón, mi guitarra. Sonreí al verla. Hacía tiempo que no la usaba, que no le hacía el amor, que mis largos dedos no la acariciaban. Me había olvidado de ella. La había cambiado por mis relatos, novelas y por sexo, pero allí estaba, dispuesta a que hiciera con ella lo que quisiera, como una buena amante. La cogí y me volví a la cama. La afiné. Me llevó menos tiempo del que pensaba, quizás no te he tenido tan abandonada, pensé, pero el tiempo me había parecido eterno. Acaricié su lomo color caoba como si acariciara la piel de una mujer, con delicadeza.
La chica a mi lado comenzó a desperezarse, y no sé si fue el movimiento de su pelo, el tatuaje de su hombro o su pecho desnudo, pero me hizo entonar una melancólica melodía. Mis dedos danzaban sobre mi Gibson acústica con una aparente armonía sobre las cuerdas, mientras producían tristes notas cuyo origen no podía vislumbrar. Miré por la ventana desde mi cama; estaba lloviendo. Las gotas resbalaban por el cristal, mientras todo en mi habitación me parecía gris. Noté una tierna mirada clavada en mí:
-Es un poco triste eso que estás tocando ¿no? –me dijo con la cabeza apoyada sobre su mano.
Me quedé pensando, mientras la guitarra y yo comenzábamos a ser uno. Me detuve un instante. Entonces lo supe:
-¿Y no es esto triste? –pregunté. Ella me miró contrariada. –Sí, esto, terminar de hacerlo.
En ese instante me besó, sonrió y se quedó a mi lado, deleitándose con la tristeza y a la vez la alegría de los momentos pasados.
Es bastante pésima, sin métrica ni rima cuidada, sin ritmo y forzada, y demuestra mi negación ante el arte del verso. Pero me lo pasé bien en la media hora que estuve haciéndola ('^_^)
Un tímido haz de luz atravesó el umbral de la ventana y pasando por el resquicio de la hoja entreabierta acarició, como una cálida lengua de fuego, mi semblante adormilado.
Tardé una décima de segundo en recordar dónde me encontraba sin abrir los ojos.
La suave brisa primaveral inundó la habitación con su fragancia floral y húmeda, recorriendo mi costado a la vez que me erizaba el vello de los brazos.
Respiré hondo.
El aroma reinante en la estancia penetró en mi cuerpo haciendo revivir lo que allí había pasado. Abrí los ojos, costosamente al principio, cegado por la luz del sol.
Una suave y delicada mano femenina sobre mi pecho subía y bajaba al compás de mi respiración.
Con la mirada recorrí su brazo, su hombro desnudo y su apetitoso cuello, pasé por su perfilada oreja para acabar en su rostro: sus labios carnosos estaban sellados por mi último beso, sus mejillas sonrojadas invitaban a la más cálida de las caricias y sus ojos cerrados escondían un universo de estrellas.
Me quedé largo rato mirándola sin ser consciente de ello.
Era una imagen tan pura y tierna… la de alguien que duerme a tu lado tras una noche como aquella.
Cientos de imágenes venían a mis ojos mientras sonaba de fondo una deliciosa melodía de violín y piano.
Lo que más recordaba era lo que mi boca y mis manos habían recorrido: sus labios, su cuello, sus senos, su abdomen, la humedad entre sus piernas, sus muslos… todo su cuerpo había estado a mi completa disposición para complacer y ser complacido.
También recordaba lo que sus labios y sus dedos finos y ágiles habían hecho por mí, y como ambos nos estremecíamos ante una nueva sensación reflejada en un gemido, un leve mordisco o un apretón con los dedos dolorosamente reconfortante. Y mientras una parte de mi mente se recreaba en recuerdos ardientes de una noche pasada, la otra parte se encargaba de hacerlos únicos, inolvidables, de conferirle un aura de celestialidad y a la vez de melancolía. Cada vez que me encontraba en aquella situación y me embargaban esa serie de sentimientos y emociones, me preguntaba si volvería a experimentarlos, si volvería a amanecer junto a alguien más especial que anteriormente, o si esa persona sería de una vez por todas la que me abrazara todas las mañana de mi vida.
No podía saberlo.
Y menos aún si me dejaba guiar por mis instintos, a los cuales había terminado perdiendo toda confianza.
Por otro lado, siempre me quedarían esos momentos en los que, embelesado, me deleitaba mirando a esa persona que durante unas horas había sido mía y le había profesado ¿amor? ¿cariño? ¿pasión? Sí, algo de eso.
En ese instante de cavilación, la mujer a mi lado se estremeció y su mano palpó suavemente mi torso. Se aproximó más a aún buscando calor y un turgente pecho rozó mi brazo.
Sus labios acariciaron mi hombro y al volverme hacia su rostro, sus ojos se habían abierto en una cálida mirada tierna y deleitable.