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sábado, 4 de febrero de 2012

La Caída II

Vangelis-Conquest of paradise

El sabor del vino podía aún paladearse en sus labios, al igual que sentir el aroma que manaba de su cuello y su pecho. Estaba algo aturdido, al igual que la mayoría de las mañanas de los últimos meses. Dormía poco y pensaba demasiado, y ello estaba suponiendo una pesadilla para su salud y pasando factura a su humor y a su estado de ánimo.
Pestañeó varias veces para acostumbrar sus ojos a la tenue luz de aquella gris mañana, y se presionó el entrecejo mientras cerraba los ojos con fuerza. Estiró el brazo izquierdo resoplando y desperezándose sin esperar que chocaría contra algo, pero sí lo hizo. La figura a su lado, que se dibujaba bajo las sábanas, le daba la espalda; una hermosa espalda con algún lunar aquí y allá.
Se tornó hacia ella y la abrazó por detrás. La muchacha dio un repullo y cuando supo qué era lo que sucedía, acarició el antebrazo de Marcus suavemente con las uñas y se puso las manos del joven sobre el pecho desnudo.
El general se acurrucó en su espalda y sus ojos se cerraron de nuevo.


-No, pero… ¿por qué? Te quiero, no… no lo hagas –suplicaba de forma casi patética mientras el filo de una daga curva se dibujaba sobre el fondo negro de la estancia.

La respiración de Marcus se agitaba y su corazón pedía a gritos salirle por la boca:
-Por favor… no –imploró de nuevo, y al parecer, la figura femenina, que se aproximaba hacia él, cambió de idea, ocultando la daga y descendiendo hacia su entrepierna -haz esto otro –dijo cogiéndole la cabeza –sigue… mírame, quiero verte la cara –apartándole el pelo.

Pero no llegó a verla. Como en las demás ocasiones, una sombra difusa ocultaba el rostro de la mujer proyectando tan solo unos ojos rojos inyectados en sangre. De forma repentina, la daga volvió a brillar por última vez antes de bajar repetidas veces sobre Marcus haciendo manar un líquido oscuro de su torso.
-Mira, la sangre a la luz de la luna es casi negra –la voz femenina reía mientras Marcus, aún en shock, era incapaz de articular palabra.



En ese instante, golpearon el portón de sus aposentos. El joven despertó al instante y al darse la vuelta en su sobresalto, cayó de la cama.
-¡Mi General, estandartes! –bramó un soldado desde el otro lado.

Cuando se dio cuenta de dónde se encontraba, se incorporó raudo y, aún con la respiración entrecortada, se sentó en la cama. Suspiró profundamente y miró a su lado: la joven seguía allí. Sin percatarse de que estaba desnudo descorrió el pestillo, abrió la puerta mirando al soldado y henchido de rabia:
-Tienes la sutileza en el culo ¿te lo habían dicho?

-Mi señor, creí que… -comenzó el soldado algo abochornado.

-Pues creíste mal –dijo Marcus aún apretando los dientes –Estandartes… ¿cómo? ¿de qué? Distancia, unidades, paso, ¿se han lavado la cara esta mañana? ¿llevan legañas? Habla.

El joven general había conseguido amedrentar al soldado, que ahora solo balbuceaba:
-Pu… pues, so… son unos 50, con u… u… una decena de portaestandartes, to… todos a caballo –dijo atropelladamente. Marcus lo miró impaciente enarbolando una ceja y con la pregunta de: “¿nada más?” grabada en su rostro –Los mo… montaraces di… dicen que acaban de cruzar el pa… paso de Zancada… do…dos leones rampantes opuestos so… sobre campo de gu.. gules, señor. Quizás vengan a parlamentar.

Sí, a parlamentarme a mí los cojones. Esa es la vanguardia, seguro que detrás viene el grueso del ejército, jodido inútil, pero no lo dijo.
-Los Lauser… –murmuró Marcus.

-¿Disculpe, mi general? –preguntó el soldado.

-Llame al Lord Comandante Broadbent, -su cara ya no reflejaba enfado, sino acción y contundencia -dígale en mi nombre que reúna a los Maestres de Campo en la sala de Juntas, estaré allí en breve –ambos se quedaron mirando -Vamos, muévase como si se quitara avispas del culo, maldita sea.

-Sí, señor –y el soldado se fue con apremio dejando a Marcus con la duda de si había entendido bien las órdenes.

Al cerrar la puerta y volver la vista a sus aposentos, el joven percibió estos un poco más oscuros, más fríos. Buscó con la mirada por cada rincón y junto al ventanal encontró sus pantalones. Se los calzó y se volvió a echar en la cama sin darse cuenta siquiera que la mujer a su lado estaba despierta, con los ojos abiertos y mirándolo mientras las sábanas dejaban poco lugar a la imaginación de lo que no llegaban a cubrir.
-Mi señor…

-Sí, los tenemos encima…-dijo ausente -tengo que darme prisa –pero al parecer no tenía ni pizca de ganas. El tiempo se había detenido al echarse en el jergón y tuvo miedo de que si ponía un pie en el frío suelo de piedra, éste volviera a avanzar.

Volvió su mirada hacia la joven. A aquellos ojos que la noche anterior habían sido el mar por el que había zarpado sin miedo a verse perdido en la tormenta que él mismo había provocado. Finalmente, el joven se levantó de la cama en el momento en el que la mujer alargó el brazo para cogerlo consiguiendo tan solo rozarlo a duras penas.
El general lo notó, se giró y sin pensarlo se echó encima de ella besándola de forma arrebatadora mientras ésta volvía a deshacerle las lazadas de los pantalones. Marcus sumergió sus labios en su boca, su cuello y bajó hacia sus senos, y en el momento en el que ella llegó a su miembro, él se detuvo y agarró su mano, la templó y la aprisionó contra la cama a modo de arresto.
Se quedó un instante sobre ella, respirando profundamente mientras sus ojos manaban una mezcla de deseo y lujuria.
-No tenemos tiempo -dijo sin estar seguro de que era aquello lo que debía hacer.

-Pero… mi señor, y si no volv… -Marcus posó un dedo sobre sus labios y acalló aquella horrible posibilidad.

-Lo haré, y si no lo hago, vuestra mirada será lo último que surque mi mente –le había quedado tan bien, que hubiera deseado que de verdad así fuera.

Una vez calmado, se levantó y volvió a anudarse los cordones del pantalón. Se calzó las botas de piel marrones y en lugar de la camisola de lino, se enfundó una más formal. Sobre ella, el tabardo con el emblema de su familia y la insignia de General. Cogió su preciada Zadia, que descansaba contra la pared, y se la ajustó a la cintura. Se refrescó la cara en una tina de agua y completó su atuendo con una capa color beige.
Al salir intentó no volver la mirada hacia la cama donde unos ojos desconsolados veían como se marchaba. Pero fue débil y lo hizo. Respiró por última vez el olor de su alcoba mientras la observaba, y apretando los labios levemente afligido, cerró tras de sí.

Una vez en el pasillo y de camino a la sala de juntas puso en orden sus prioridades a partir de ahí. Si el ejército del Emperador había cruzado Helder y vencido a los Blenoir, quizás su primo también habría sucumbido al empuje de las tropas de Lombard.
En ese instante,  mientras entraba en la sala con la cabeza alta observando a los presentes ya ataviados con relucientes armaduras, unas más abolladas que otras, que se habían puesto en pie a su llegada, recordó las últimas palabras de su primo: “Si muero, si me capturan o si está claro que hemos perdido la guerra, rinde Tauton y cúlpame de todo. No permitiré que nuestra familia caiga conmigo. Júramelo, no te pido tu opinión, Marcus, soy tu señor y si no me obedeces ordenaré que te encarcelen”.

-Mi General, tenemos que… -comenzó el Comandante Broadbent sin darle tiempo a Marcus siquiera a sentarse. Éste alzó la mano y lo hizo callar hasta que hubo llegado a su sitio.

Los miró a todos y cada uno con una tranquilidad pasmosa, totalmente en disonancia con lo que sentía por dentro.
Comenzó a observar con detenimiento un enorme mapa desplegado sobre la mesa. No articuló ni media palabra y el resto de oficiales, aunque de buena gana habrían comenzado a cacarear como posesos, tampoco lo hicieron. Prefirieron permanecer expectantes a lo que dictaminara aquel joven que presidía la mesa.
Marcus alzó por fin la vista del mapa:
-Señores, sabíamos que esto llegaría tarde o temprano, y no veo ningún inconveniente para continuar con la maniobra que teníamos planeada para tal efecto.

-Pero, mi General… -comenzó con voz contundente el Maestre de Campo Ranvier, un hombre de portentosas espaldas y patillas pobladas, cuya armadura podía diferenciarse como la más abollada y curtida de todas.

-No hay peros –lo cortó Marcus -No os lo estoy pidiendo, no es una ruego y por supuesto no estoy dando pie a una discusión al respecto. Es una orden, caballeros. –miró a Broadbent –Lord Comandante, vos lideraréis la operación y Ranvier os acompañará, yo me quedaré en Tauton dirigiendo la vanguardia.

-Mi señor, correréis un grave pe… -comenzó Broadbent lo más rápido que pudo, pero aún así, Marcus lo aplacó.

-No hay nada más que hablar, partiréis cuanto antes –miró al resto: -Caballeros, no hay tiempo que perder. Conocen el terreno, conocen las órdenes, conocen a nuestro enemigo… saben de sobra lo que tienen que hacer –dicho aquello, inclinó la cabeza a modo de saludo y salió de la sala de Juntas antes que nadie.

Y es que, aunque la reunión había sido breve, ya que la situación así lo requería, a Marcus se le había antojado eterna.

***


Mientras su armadura estaba siendo ceñida torpemente por su escudero, el joven general mantenía ocupada su mente preparando lo que tendría que decir para arengar a sus hombres y mentalizándose para lo que se le vendría encima. Tanto que ni siquiera puso objeciones cuando por segunda vez el muchacho engarzó mal el gorjal y éste cayó al suelo produciendo un desagradable sonido metálico.
Su cabeza estaba en otro sitio, quizás en su alcoba, quizás aún en las palabras de su primo, pero lo cierto era que no estaba pendiente de si su indumentaria de batalla estaba lista. Aún así, cuando lo creyó, salió apresuradamente de su despacho en dirección al patio central de armas, donde el contingente de soldados y caballeros esperaban sin formar.

Sobre las escaleras de piedra que daban a las almenas de las murallas, con la cabeza alta y su mano izquierda posada sobre el arriaz de su espada, perdió la mirada entre sus hombres:

-Caballeros de Tauton –gritó -Vuestras tierras, vuestras familias y vuestras gentes os reclaman. Aunque no los escuchéis desde aquí, gritan y piden que los salvéis de aquellos que han osado declararnos en rebeldía y atacarnos sin un casus beli apropiado pretendiendo llegar hasta aquí por la fuerza. –se detuvo y continuó para que sus palabras recalasen -Os han llamado asesinos, violadores y ladrones. Con sus calumnias y su guerra sin sentido han perturbado la paz de nuestra tierra y traído la muerte a ella. Han arrasado campos, vertido sangre inocente y destruido todo aquello que con tanto esfuerzo nos costó levantar. Pretenden someternos a la opresión y al yugo que antaño sufrieron nuestros antepasados. Quitarnos aquello que nos hace hombres, que nos diferencia de los animales; nuestro bien más preciado ¡La libertad!

Los soldados gritaron enardecidos ante las palabras de su joven General.
-Hermanos, al otro lado de esas murallas nos espera un ejército con numerosos hombres, pero con inferior número de caballeros. Yo iré delante, seguid mi paso y no os separéis. Vuestro general no os abandonará, luchará a vuestro lado. Porque no podría encontrar mejor manera de caer, ni mejor motivo por el que luchar, ni por supuesto mejores hombres junto a los que combatir.

Sus hombres emitieron una mezcla de júbilo y sed de batalla.
Están listos, pensó, mientras una tímida gota de lluvia acarició su nariz. Miró arriba: El cielo llora prematuramente; hoy morirán muchos hombres, se dijo antes de ascender.

Culminó finalmente en las murallas mientras vio algo que le heló la sangre. Lo esperaba francamente, pero aún así lo perturbó.
Tras los anunciados estandartes con dos leones rampantes opuestos sobre campo de gules portados por la caballería, comenzaron a sucederse puntas de lanza, picas y a continuación cascos. Hasta que finalmente descubrieron, no un contingente, si no varias formaciones de más de mil hombres cada una. Su formación indicaba que abrirían dos frentes y atacarían el flanco norte y el este de la ciudad. Marcus así lo había previsto, ya que él mismo lo habría hecho de esa manera, haciendo caso a una consigna que le inculcaron desde pequeño: “Si quieres vencer a tu enemigo, imagina que es una máquina perfecta”

-Caballeros antiguos, conmigo en la vanguardia –gritó una vez hubo descendido de nuevo de las almenas -Caballeros novicios en la retaguardia –A continuación una retahíla de instrucciones llegaron a oídos de sus maestres de campo para que los trasmitieran sobre la pintura a los soldados.

Mientras las enormes puertas de madera se abrían y las tímidas gotas hacían ahora alarde de osadía, Marcus no pudo si no volver a recordar las palabras de su primo, y antes de lanzarse a la vanguardia de sus tropas, solo pudo pensar una cosa:

Lo siento.



miércoles, 1 de febrero de 2012

Noches de invierno (I'm here again)

Aquí estoy otra vez, pensó en el momento en el que su espalda enfundada en cuero se apoyó sobre la fría pared de piedra.
Aquel era su rincón, al que tantas veces había recurrido para evadirse del mundo, aunque en ese lugar no pudiera sentirse más rodeado.
La iluminación instalada recientemente lo hacían menos atractivo a su juicio; podía pasar menos desapercibido y las sombras danzantes que se dibujaban en la pared de enfrente lo inquietaban.
Alzó la vista.
Ocho imponentes edificios circundaban aquella plaza. Sus incontables ventanas, algunas de las cuales permanecían encendidas y otras iban pereciendo conforme avanzaba la noche, escondían mil historias tras sus cristales. Las luces que se encendían y apagaban daban a Alastair la sensación de que eran los guiños que el edificio enviaba a los viandantes lo suficientemente observadores como para apreciarlos.
Vaya gilipollez, se dijo tras pensarlo un instante y cambiar de canción.

Aún recordaba el motivo por el que había acudido a aquel lugar por primera vez aquella noche de julio que se le antojaba tan sumamente cercana. Y no sabía si eran aquellos recuerdos encerrados entre aquellas piedras, aquellos árboles y aquellos columpios o la realidad de su más profundo ser, la que en ese momento hizo que emergiera de nuevo esa desazón en su interior.
Recordó entonces aquella carita en forma de corazón, de nariz pequeña y ojos oscuros. Hacía un par de meses que no sabía nada de ella. Pero lo cierto y triste era que Chloe era así de inconstante. No podías dar por hecho que su fidelidad y perseverancia fueran tuyas. Era libre, independiente e inmortal. Pero tenía el innegable don de aparecer cuando se la necesitaba. Alastair aún se preguntaba cómo lo hacía para aparecer sin ser llamada al lugar y en el momento en el que él pedía a gritos a alguien.
Fue entonces cuando imaginó qué le diría si lo viera allí de nuevo.

Entonces volvió a sonar aquella canción: “If I had to, i would put myself right beside you” y la pasó. Al levantar la cabeza, una figura menuda de pelo oscuro se dirigía hacia él. Su corazón comenzó a latir más apresuradamente, pero no era ella, y dobló la esquina sin mirar a Alastair, como si de parte del mobiliario urbano se tratara.
Había salido de casa con la vaga sensación de que esa noche no aparecería, pero ahora una voz en su interior lo confirmaba.
Con las manos heladas y el trasero entumecido se levantó y miró el reloj: llevaba más de hora y media allí sentado con la mirada más perdida que su mente; y eso era decir mucho.
Miró al cielo y vislumbró a duras penas aquellas estrellas cuya luz no era eclipsada por la notable contaminación lumínica de la ciudad, al mismo tiempo que sonaba: “…when darkness comes I'll light the night with stars, hear the whispers in the dark”.
La pasó de nuevo para que sonara: “I fell asleep last Saturday, underneath polluted skies I walked alone in those Jersey nights, and I saw the boardwalk start to fall…” 

Vete a la mierda, pensó mientras desconectaba el reproductor y deshacía sus pasos de vuelta a casa.
La ciudad estaba desierta; los barrenderos hacían su ronda de limpieza, los semáforos regulaban avenidas fantasma, las bocanadas de aire frío campaban a su anchas y ni siquiera los patos del río tenían ánimos para un chapuzón.
Nadie deambulaba por las calles.
Nadie excepto una figura menuda de piel clara, rostro en forma de corazón, ojos y pelo oscuros y un lunar bajo el labio. Tomó el sitio que Alastair había estado ocupando toda la noche en el instante en el que una lágrima descendió por su mejilla.
Algo no quiso que esa noche se encontraran. Y por suerte (o por desgracia) así fue, porque quizás todo en el futuro hubiera sucedido de forma distinta.

Nos creamos mil historias en la mente haciendo uso de lo que muchos llaman pensamiento contrafáctico. Inventamos y barajamos las posibilidades de algo que podría haber sucedido si… No sucederá y no merece la pena prestarle más atención o nos olvidaremos de lo que es mirar de frente. Porque, al fin y al cabo, vivimos, a la vez que experimentamos, en el ensayo de una obra que jamás se estrenará por triste que así suene.

jueves, 12 de enero de 2012

La Caída I

X-Ray Dog-Apassionata

El día, al igual que todos los de la última semana, había pasado demasiado rápido, pensó Marcus mientras observaba embelesado el albo resplandor mortecino que la luna llena vertía sobre los jardines que rodeaban el castillo.
Bajó la mirada y la dirigió allí donde los parterres eran más frondosos y las rosas salpicaban cada palmo del jardín con sus diversas formas y matices.
Pero no se detuvo ahí y miró más allá, donde los arbustos ya precisaban de una pronta poda, aunque igualmente conservaran la beldad de lo salvaje dentro de tanta armonía.
Se dio cuenta, con cierta desazón, que hacía tiempo que no visitaba aquella zona. Recordó cuando jugaba con sus hermanos y sus primos entre aquellos arbustos y soñaban con ser soldados o caballeros. Sus primos hicieron realidad sus sueños, no así él, cuyo futuro se vio truncado por una muerte.
Se le notó levemente en el rostro que estaba algo más serio, más nostálgico. Por suerte no había nadie que pudiera observarlo, pero aún así intentó disimularlo con un sorbo de vino.
No obstante, el desasosiego se apoderó de él cuando volvió al presente. A pesar de la calma que allí se respiraba, el joven general sabía que las huestes enemigas, las temibles hordas de Lombard, compuestas por miles de hombres, se aproximaban hacia ellos.
Era consciente de ello y por ese motivo permanecía aparentemente impasible en aquel lugar.
Desde el balcón de sus aposentos podía ver incluso más allá de las murallas que rodeaban la ciudad. Si un contingente tan numeroso, como aquel del que informaban los batidores que había enviado, se aproximaba, la voz de alarma sería dada y los planes que aquel joven había urdido se pondrían en marcha.
No hay nada que temer, se repetía una y otra vez intentado convencerse.
Absorto en sus pensamientos y sumergido en recuerdos, yendo y viniendo en el tiempo, Marcus había olvidado el motivo por el que no estaba en su despacho de la jefatura militar.
Ella.

Y en ese instante, como si le hubiera leído la mente, un cuerpo de movimientos livianos y cubierto tan solo por un fino vestido de seda color malva, rompió la quietud del momento acercándose a él por detrás y acariciándole el brazo.
-¿Qué tiene a mi señor tan preocupado? –dijo una suave voz femenina.

La guerra, maldita estúpida, estuvo a punto de decirle. Pero no lo hizo:
-Que hacía tiempo no veía luna tan espléndida. La disfrutaba, simplemente…

La mujer lo miró suspicaz:
-No mintáis, mi señor –acariciándole el costado por encima de la camisola de lino, allí donde una enorme cicatriz lo surcaba.

El joven sonrió sin ganas y algo ausente:
-Para qué mentir… la guerra. Me quita el sueño tanto como a todos, porque aunque estemos a salvo aquí, en el corazón de… todo, soy responsable de la vida y la muerte de mucha gente. –comenzó a divagar -Si ganamos, obtendremos la libertad y la prosperidad de nuestra tierra y de nuestras gentes, pero si todo cae –a lo cual todo apunta, pensó -seré el culpable de la destrucción total a la que seremos sometidos… -miró al suelo y decidió cambiar su rostro que comenzaba a alcanzar un tono casi cetrino –Pero bueno, aquí estamos, en uno de los rincones más bonitos de todo el imperio, evadiendo nuestras preocupaciones y buscando como aliviar nuestra carga. –dijo casi forzado a sonreír.

-Sois muy duro con vos, mi señor… –la muchacha no sabía si alabar su genio militar y recordarle las victorias que había obtenido otrora o apartarlo de aquel lugar y así de sus atormentados pensamientos -Contadme algo sobre las tierras del sur –optando por la segunda opción.

El hombre la miró con seriedad, pero su gesto se ablandó y sonrió de forma genuina aunque levemente:
-Os complaceré –dijo a sabiendas de la intención que se escondía tras aquel cambio tema -Podría deciros que son bonitas, exóticas, apacibles, cálidas… pero supongo que todos esos calificativos dependen de los ojos que las miren –sonrió –No niego que tienen rincones preciosos como las famosas Fuentes del Sol, dónde los jardines, las edificaciones, las extrañas flores que lo pueblan todo y el agua que brota mansamente de los rincones más inesperados, le dan un aire pintoresco y agradable; gentes de tez morena y acento sureño a veces mezclado con el de comerciantes y viajeros de las islas al otro lado del Mar de Ampur y de las ciudades de la Bahía de Calas; salpicada de esencias provenientes tanto de su peculiar comida como de las varillas de exóticos aromas que pueblan cada rincón; una tranquilidad tan solo digna de la soledad y de la cálida brisa del desierto, y con una temperatura que excede a la de nuestras tierras. –sin quererlo se estaba trasladando a unos meses  atrás, allí, a las Fuentes del Sol. –Pero no terminan de ser de mi agrado. La gente es algo más tosca y por qué no decirlo, más libertina –curioso que eso lo dijera el General Marcus el putero –el calor es poco menos que asfixiante, el desierto es… desierto. Arena y… más arena, y el ambiente aún se puede cortar con un cuchillo. Aunque lo nieguen, los sureños acaban de salir de una guerra civil. No es precisamente una tierra segura en estos tiempos. –cambió su tono a algo más jovial -Pero no pretendo desalentaros, mi Lady –le tomó una mano de forma instintiva –Si todo acaba bien podréis acompañarme cuando emprenda otro viaje. Dudo de que el encanto de las tierras del sur escapen a vuestros sentidos –la besó allí donde la había tomado.

La mujer lo miró casi extasiada y olvidando con quién estaba y quién era aquel hombre, le quitó la copa de vino, bebió de ella y tras dejarla en el alféizar, lo besó. Aunque más que eso lo que hizo fue acariciar los labios del general con los suyos, húmedos y cálidos a la vez, con el sabor afrutado del vino, y dar un pequeño mordisco en el inferior.
Con mirada pícara reflejada en aquellos ojos negros, la joven de oscuros cabellos se alejó dirigiéndose de nuevo hacia dentro, hacia los aposentos.
Marcus la observó con el deseo fulgurando en sus ojos, mientras las finas sedas del vestido realzaban cada una de las curvas de aquel cuerpo al contonearse con cada paso.
-Si mi señor ha dejado de atormentarse, puede venir a echarme una mano con estas lazadas.

Debo estar delirando, pensó mientras veía alejarse a la mujer.
Quizás aquella fuera la última oportunidad que tendría. Quizás al día siguiente le llegaran noticias de que el ejército enemigo estaba asaltando las murallas y tuviera que ponerse incluso a la vanguardia de la contraofensiva. No sería Marcus si se quedaba donde estaba.

Y antes de que la mujer llegara siquiera a cruzar las cortinas que pendían a la entrada y separaban el balcón de los aposentos, el joven general la agarró del brazo y después de la cintura para atraerla hacia sí. Se miraron, y lo hicieron allí donde se encontraba aquello que ambos anhelaban. Casualmente ambos ansiaban el cuello del otro, por lo que tuvieron que competir como fieras para conseguir el bocado.

La joven desató con celeridad las lazadas de los pantalones del general mientras él le deslizaba un tirante y mordía su hombro.
Con determinación y paciencia, Marcus intentaba caminar hacia el lecho paso a paso para hacer que la chica retrocediera mientras su dedo describía círculos en su pezón y sus labios se fundían con los suyos.
En ese instante, la empujó con osadía y ella cayó de espaldas con una leve exhalación de sorpresa. La mujer se recostó apoyando sus brazos en la cama, y con mirada lasciva abrió ligeramente las piernas para recibir al joven.
Y en el instante en el que se abalanzó sobre ella dejó de ser humano.
Olvidó dónde estaba, olvidó la lealtad, el honor, la responsabilidad de sus galones y hasta su apellido. Olvidó a su primo, el Lord de aquel territorio, ante el cual había jurado rendir la ciudad si él moría y la guerra estaba perdida.
En ese instante, el enemigo podía asediarlos, prender la ciudad y reducir sus muros a gravilla, matar a sus gentes; podía incluso lanzar y clavarle una flecha a Marcus en el culo, que no abandonaría aquella alcoba, aquella cama, a aquella mujer que se deshacía en gemidos bajo sus embestidas.
Porque a pesar de todo tenía clara una cosa: había nacido hombre, no general. Y los hombres, como animales que eran, atendían a sus instintos más de lo que ellos pensaban. Ya fuera incluso para ser líderes en la batalla.
En cualquier batalla.

~o0O0o~

sábado, 1 de octubre de 2011

Tardes de otoño

Inequívocamente había llegado el otoño; las hojas de los árboles se tornaban de gamas marrones y anaranjados en un festival de tonalidades acompañado de las lluvias que ponían la nota musical y convertían las hojas caídas en un manto de hojarasca que amortiguaba los pasos de los viandantes. Estos habían sacado ya la ropa algo más abrigada del fondo de sus armarios. Las temperaturas comenzaban a descender y nadie quería pillar un resfriado en esta época en la que el tiempo aún no se aclaraba del todo.
Alastair observaba eso y mucho más mientras paseaba a su perro, un golden retriever que algún desaprensivo había abandonado hacía unos 4 años sin saber la joya que tenía en sus manos. Iba inquieto, mirando hacia todos lados con los ojos muy abiertos, las orejas arriba y la lengua fuera. Él también lo había notado y no quería perderse nada.
Tranquilo, Archy, le decía cada vez que se emocionaba porque había visto alguna ardilla y tiraba de la correa, ahora vamos.

El verano había pasado, eso estaba claro, y con él Chloe. No la había vuelto a ver desde aquella única vez, en la noche más solitaria de su vida. Ella estuvo allí, y quizás sin proponérselo lo sacó de su mísera rutina, la cual daba vueltas alrededor de una chica, la que lo había abandonado.
Había superado aquello, aunque aún estaba algo reticente con ella. La había visto y aunque había intentado evitarla, cuando se encontraron la trató lo mejor que pudo sin importarle lo que le había pasado entre ellos. No sería Alastair quien la pusiera en su lugar. El tiempo lo haría, las circunstancias y el mundo lo haría. Cada uno recibe lo que siembra.
El caso era que Chloe no había estado allí para darle el abrazo que había necesitado, pero tampoco se lo echaba en cara. No tenía por qué estar allí, había hecho mucho y significado mucho cuando más falta le había hecho y se lo agradecería siempre. Quizás algo la puso en su camino para aquel momento únicamente, quizás había existido para él solo en aquel instante. Todos tenemos una función en la vida de alguien y es difícil cambiarla. Podemos ser amigos, conocidos, mejores amigos, enemigos, novios, amantes o rollos de una noche, pero cambiar ese status no es fácil. Esa podía ser la razón de que no hubiera vuelto a encontrarse a aquella muchacha de cara dulce y labios más dulces aún.
Vale, Archy, aquí mismo le quitó la correa y lo dejó a sus anchas por el amplio césped del parque.

Se sentó apoyando su espalda contra el tronco de un árbol en el instante en que su perro le trajo una rama de un par de palmos de larga. Alastair se la lanzó y Archy corrió a buscarla a la carrera, trayéndola sin mucho esfuerzo. Así varias veces, hasta que Archy se cansó y se dedicó a perseguir ardillas sin llegar a coger ninguna, quizás porque ellas no se dejaban o porque las dejaba ganar. Si algo tenía en común Alastair con su perro, era que a ambos los habían abandonado, pero seguían respetando a los demás.
Se le había dormido el trasero y necesitaba estirar las piernas. Se levantó.
Tienes un perro precioso, una voz femenina a sus espaldas. La última vez que te vi no me hablaste de él. Alastair se giró y el corazón le dio un vuelco a la vez que una amplia sonrisa se dibujaba en sus labios. Puede que cuando estamos tristes solo recordemos a los que nos han dejado y no los que permanecen a nuestro lado, dijo la chica. En ese caso, espero que no me hayas recordado mucho.


El chico creía saber a qué se refería, pero aún así no supo qué decir. Chloe se sentó donde él había estado y Archy fue hacia ella y le lamió la cara entusiastamente. ¿Es posible que Alastair sintiera celos de su perro? Vaya estupidez, es un perro, cada uno tenemos nuestra función y nuestro sitio en la vida de alguien.



Foo Fighters-Walk

martes, 12 de julio de 2011

Noches de verano

Todos los edificios que rodeaban el parque tenían ocho plantas excepto uno que era de siete. Los había contado varias veces intentando evadirse de lo que le rondaba por la mente. Pero no los contó lo suficiente, porque los pensamientos volvieron a él.
Estaba en un rincón del parque, con sus acostumbradas ropas oscuras de verano, una postura informal y la mente a kilómetros de distancia, intentando pasar desapercibido para los pocos transeúntes que a esa hora pasaban por allí. Pero no debió hacerlo demasiado bien, porque una figura menuda de piel clara se dirigió hacia él. El muchacho dio por hecho que pasaría de él, lo miraría de reojo al pasar por su lado y volvería la esquina sin recordar siquiera su rostro, pero no fue así. ¿Hola? dijo. El chico sonrió algo contrariado. ¿Puedo sentarme aquí? preguntó de nuevo la chica. Claro que puedes, pero no prometo ser agradable, le contestó el muchacho con semblante ausente. La chica dudó un instante. Tranquila, no estoy borracho, ni fumado ni soy un psicópata asesino, dijo de broma para tranquilizarla. Ella se sentó finalmente a su lado a metro y medio.
Permanecieron callados un buen rato, hasta que el chico reunió fuerzas para hablar: siento si suena mal y no es mi intención, pero ¿qué haces aquí? La chica lo miró algo ofendida, yo también podría preguntarte lo mismo, dijo, pero me da rabia que me respondan con otra pregunta, así que… vengo aquí casi todas las noches.
¿A pensar? Preguntó el muchacho sin saber por qué. ¿Tú has venido a eso? preguntó la chica, perdón, has preguntado primero, se disculpó, a veces sí, esta noche simplemente quería estar sola. El chico sonrió, pues parece que te he fastidiado la noche, lo siento. Te diría que me iría si me lo pidieras, pero te estaría mintiendo. No pienso moverme de aquí. La chica lo miró con el ceño fruncido, tampoco quiero que lo hagas.
El silencio de nuevo los envolvió, solo algún coche que pasaba por la gran vía cercana lo rompía.
¿Cómo te llamas? dijo al fin la chica. El muchacho pensativo finalmente respondió, Alastair, mirándola de reojo. Venga ya, ese no es tu verdadero nombre, se rio la muchacha mirándolo sin estar del todo segura. No, claro que no, pero es interesante que no sepamos nuestros nombres, sonriendo. Si tu lo dices… pues mi verdadero nombre es… iba a decírselo, pero él no quería saberlo. No me lo digas, Chisss! Invéntatelo, con premura. Jooo, vale pues… Chloe, dijo finalmente. Bueno, no es muy original, pero es bonito, sentenció el muchacho. No he tenido mucho tiempo de pensarlo, así que no te quejes, se mordió la lengua, bueno y ¿en qué piensas ahora? No sabía cómo decírselo, no sabía siquiera si decírselo, en corazones rotos y mal cosidos, contestó al fin y por primera vez la miró a los ojos. Eran negros y enormes, en una cara en forma de corazón con una pequeña nariz y unos labios carnosos y rosados. Tenía un lunar pequeñísimo bajo el labio y el pelo negro y recogido. Le pareció guapísima.  En ese instante lo miraba con cara de consternación. Te lo dije, no prometía ser agradable, dijo el chico volviéndose a la nada. No te preocupes, muchas veces necesitas que un desconocido te escuche para sentirte bien, y en mi caso me gusta escucharte, le puso una mano en el hombro. De nuevo el silencio.
No he podido dejar de fijarme, pero, ¿por qué tienes el móvil en la mano todo el rato? Si quieres decírmelo, claro, preguntó la chica cohibida.
¿Has escuchado una canción que dice? “You came on your own, and that's how you'll leave, with hope in your hands, and air to breathe…” dijo entonándola, bueno te traduzco, que mi pronunciación es un poco pésima; “por tu cuenta viniste y de ese modo te marcharás, con esperanza en tus manos y aire que respirar”. La chica se quedó sin saber qué decir. Eso es lo que tengo en las manos, la esperanza de una llamada que jamás llegará, le respondió el muchacho algo triste y resignado. ¿Quién sabe? Quizás llegue y entonces me tengas que dejar sola, dijo Chloe. Por un instante Alastair no sabía qué quería, así que hizo lo que peor sabía hacer y era aprovechar los momentos y disfrutarlos como si fueran únicos
Hablaron largo rato. Sobre lo perra que es la vida, sobre la muerte, sobre el verano, sobre la alegría, sobre la tristeza, sobre las relaciones, sobre el sexo y también sobre temas tan mundanos como el cielo nublado.
Era tarde, las ventanas de los edificios que los rodeaban estaban apagadas ya, y ambos no tenían o no querían decirse nada más. El chico le tendió la mano, ella se la estrechó y le dio un beso en los labios. Un beso dulce, sin compromiso, sin pasión, sin amor, un beso natural como la noche misma, como el rato que habían pasado, y sin saber si volverían a verse, se alejaron el uno del otro sin volver la vista atrás.

Snow Patrol-Chasing cars

domingo, 29 de mayo de 2011

El beso de un ángel

Despertó tomando una amplia bocanada de aire, como si saliera del agua del que se estaba ahogando. Estaba empapado en sudor y un frío intenso recorrió su espalda.
Notó una presencia a los pies de su cama. Qué extraño, no recordaba haberse llevado a nadie a su casa aquella noche.
Se incorporó para despejar las dudas de que allí hubiera alguien, pero fue al contrario; su corazón dio un vuelco cuando la vio. Bañada por la luz mortecina de la luna, una figura femenina de piel blanca como la leche y vestido negro sencillo de tirantes, estaba sentada sin mirarlo, con la cabeza agachada al final del somier.
No se atrevió a preguntarle nada. Más bien no fue capaz, puesto que en la garganta se le había hecho un nudo palpitante al ritmo de su pecho.
Despacio, con cuidado de no turbar la quietud de la figura que allí permanecía sentada, palpó a tientas la lámpara de su mesilla sin despegar la vista de los pies de su cama, pero finalmente tuvo que volverse ya que no la encontraba. 
La luz inundó tenuemente la estancia, pero allí sentada ya no había nada que iluminar. Respiró aliviado pues no sabía si habría podido soportar ver a aquella mujer de forma más nítida. Bebió agua y volvió a meterse en la cama. Se dio la vuelta hacia la ventana abrazando la almohada como hacía casi siempre. Pero no estaba solo en la cama. Esta vez lo miraba fijamente con unos ojos lechosos sin pupilas. Era un rostro bello y delicado, como el reflejo de la luna llena en una noche de verano.
El hombre misteriosamente no retrocedió, no gritó, pero tampoco respiró. Permaneció inmóvil, blanco como la cera y la boca entreabierta. La mujer sin sonreír y mirándolo con aquellos ojos vacíos le posó un dedo en los labios y su boca se cerró. Pudo entonces tragar saliva y parpadear. El sudor perlaba su rostro y un escalofrío volvió a recorrer su espalda. No se creía capaz de articular palabra, pero lo hizo:
-¿Eres quién creo que eres?

La mujer sin moverse, tumbada y observándolo, sonrió. Era una sonrisa blanca y casi tierna:
-No lo preguntarías de ese modo si no supieras la respuesta.

-¿Un ángel? –dijo de forma casi estúpida.

En ese instante la mujer se levantó torciendo la boca con una mueca de conformidad. De pie al fin, mientras el hombre se incorporaba intimidado, desplegó unas hermosas alas negras.
-¿Un ángel de la muerte? –casi le dio la risa.

Esta vez, la mujer sonrió ampliamente y con su sonrisa sus alas se volvieron a plegar. Se sentó de nuevo en la cama con sus hermosas piernas blancas recogidas.
Consiguió reunir el valor:
-¿A qué has venido?

-¿A qué va un ángel de la muerte a la casa de un mortal?

El hombre tragó saliva, era lo que se temía:
-Vas a llevarme. –no era una pregunta. Lo sabía.

La mujer inclinó la cabeza y arrugó un poco la barbilla.
-¿Crees que has hecho algo estos últimos días para merecer vivir?

El hombre recordó los últimos días, las últimas semanas, los últimos meses. Apenas había salido a la calle más que para comprar comida y botellas de Jack Daniel’s que ya había acabado. Había deambulado como un zombi de allá para acá, sin emociones, apático y sin aspiraciones. La pérdida de aquella persona le había quitado no solo a la mujer que más había querido en la vida sino también las ganas de vivir. Había dejado de ir al trabajo, las cartas se acumulaban en su buzón y las llamadas en su contestador. Si hubiera tenido mascota con toda seguridad habría muerto de hambre si antes no acababa con ella el aburrimiento. El hombre no contestó al menos con palabras pues su cara era el vivo reflejo de la vergüenza, quizás de la cobardía.
-Tranquilo, no estoy aquí para juzgarte… todavía. –su voz era casi un susurro.

-¿Cómo que todavía? –extrañado.

-Si se enteran de que he venido quizás me destierren…

-Dest…

-Tssi, no tengo mucho tiempo. –se justificó la mujer. –De un tiempo hasta ahora no te has ganado el derecho a vivir, y eso se tiene en cuenta. Desde que ella se fue no has sido tú, no has vuelto a levantar la cabeza, te has limitado a ver la poca vida que tienes pasar sin hacer nada por aprovecharla. –se detuvo un instante. –has pensado en el suicidio ¿verdad? –el hombre afirmó tímidamente. –Pues esa idea es el primer paso para llevarte.

-Pero… quizás no esté hecho después de todo para seguir viviendo.

-No seas estúpido, todo el mundo lo está. Solo los cobardes no le plantan cara a la vida. –ya no quedaba nada de su sonrisa delicada. –Dime, ¿temes a la vida?- el hombre negó. –A lo que deberías temer es a la vida mal vivida.

La mujer se acercó a él con delicadeza y lo besó con dulzura.
-Este es el beso de la muerte… -estaba fría. -…para que tarde en encontrarte.

El hombre quiso tocarla, pero ella se alejó livianamente en dirección a la ventana, allí lo miró por última vez. Lo sabía, sus ojos blancos reflejaban despedida… o no. Eso dependía de muchas cosas. Abrió la ventana y se dejó caer.
El hombre corrió hacia la misma, pero no había nada ni nadie abajo. En cambio la fresca brisa de la noche besó su cara y de esa forma pudo sentir el mundo de fuera. 


lunes, 7 de febrero de 2011

The World burns

-El mundo arde. -dijo mientras apuraba su último trago.
-¿Y de qué nos sorprendemos?, siempre supimos que esto llegaría.
-Sí, pero no esperaba estar vivo para presenciarlo. –de forma desenfadada.
-Ese es el problema: nos escabullimos de nuestra responsabilidad, pensando que nunca nos tocará. –su tono se volvía puro reproche. -Pues en el pasado hubo gente que se preocupó porque esto no pasara y puso de su parte. –bajó la mirada. -Pero no ha servido de nada. Fueron encerrados y apartados como leprosos. La insensatez se apoderó entonces del mundo y nos ha conducido a esto.
-Me da la sensación de que me instas a que no me lamente ante lo inminente. –aún con tranquilidad.
-No, claro que sí. Hay que lamentarse, es una forma de asumir nuestra culpabilidad. –aún parecía crispada.
-Mira, no me siento más o menos culpable mirando hacia atrás y evaluando los errores pasados.
-Pero… -intentó justificarse, pero él no la dejó.
-El mundo se acaba y no pienso pasar mis últimos días llorando por las oportunidades que perderé, o la gente a la que no conoceré. Casi me atrevería a decirte que tampoco me importa mucho el pasado. –ahora era él el que daba el discurso. -¿Qué? ¿generaciones venideras no conocerán este mundo, ni sabrán lo maravilloso o infame que fue mientras duró? Me importa una mierda. –se calló un instante y miró el horizonte. -Ahora estamos aquí, en la cima del mundo. Observando los últimos atardeceres de una vida que se esfuma. El último aliento del mundo. El último latido de su corazón. El último espectáculo que ofrecerá, y que la humanidad tendrá la oportunidad de presenciar. –miró a la muchacha un poco tenso aún. -Podría arrepentirme de muchas cosas, tanto de las que hice como de las que no, pero es que aún no veo a los jinetes del apocalipsis surcando un cielo rojo sangre. Ni juicio final ni pollas.

Ella sonrió y no dijo nada más. En ese instante la mirada del hombre se transformó; la miró con deleite, como la primera vez que la conoció.
-Si tuviera que arrepentirme de algo, tengo por seguro que no sería de esto. -dijo el hombre y ella miró sus ojos para comprobar que había comprendido bien. -De pasar mis últimos momentos contigo.

Y ambos se besaron, desnudos, mientras un fulgurante resplandor hendía el cielo y todo se volvía negro.

The Soundtrack Of Our Lives-Second Life Replay

Otra conversación producto de mi infame imaginación. 
Vuelvo a la rutina, pero relajado y con ilusión dentro de lo que cabe ;)