"Al jugar al ajedrez entonces, podemos aprender: Primero, previsión...Segundo, prudencia...Tercero, cautela...Y al final, aprendemos del ajedrez el hábito de no ser desanimados por apariencias malas presentes en el estado de nuestros asuntos, el hábito de la esperanza por una oportunidad favorable y la perseveración de los secretos de los recursos"
[Benjamin Franklin]
Una psicóloga en una de sus sesiones grupales levantó un vaso de agua para que todos lo vieran. Todo el mundo esperaba ya que de sus labios saliera la típica pregunta de "¿Medio lleno o medio vacío?".
Pero en cambio, ella preguntó: "¿Cuánto pesa este vaso?"
Las respuestas de los presentes variaron entre 200 y 250 gramos.
Sin embargo, la psicóloga respondió: "El peso absoluto del vaso no es lo importante, en realidad depende del cuánto tiempo lo sostenga. Si lo sostengo un minuto, no habrá ningún problema. Si lo sostengo una hora, el brazo comenzará a dolerte. Si lo sostengo un día, se entumecerá y se paralizará. El peso del vaso no cambia, pero cuanto más tiempo lo sostengo, más pesado de vuelve".
Y continuó diciendo: "Las preocupaciones son como el vaso de agua. Si piensas en ellas un rato, no pasará nada. Si piensas un poco más, empezarán a doler. Pero si piensas en ellas todo el día, acabarás sintiéndote paralizado, incapaz de hacer nada..."
El grupo asintió inconscientemente con la cabeza y ella añadió: "Así que, acordaos de soltar el vaso".
Los cambios, los tránsitos, las etapas que dejas atrás, las
que están por venir, la vida en continuo movimiento, unas veces más brusca,
otras más paulatina… todo, cuando pasa, te impera de sobremanera, además con
crueldad, a tener que acostumbrarte a unas cosas y aprender a vivir sin otras.
Las efigies circulan por mi recuerdo de manera alborotada,
pero con un poco de habilidad podría evocarlas, e incluso experimentar la misma
sensación que cuando se produjeron en realidad. Esos momentos a los que me
tengo que acostumbrar a evocar y a no vivir.
He de aprender a vivir sin vivirte,
He de aprender a vivir sin que me muerdas el labio
He de aprender a vivir sin sangrar por ti
He de aprender a vivir sin que me llames payaso
He de aprender a vivir sin verte tumbada a mi lado
He de aprender a vivir sin que me abraces por las noches
He de aprender a vivir sin que seas una tiquismiquis para
las comidas
He de aprender a vivir sin tus toques por debajo de la mesa
He de aprender a vivir sin conducir una hora hasta tu casa
He de aprender a vivir sin que me mientas
He de aprender a vivir sin el número siete
He de aprender a vivir sin que me cosas la espalda a
arañazos
He de aprender a vivir sin que me llames tonto de esa forma tan
especial
He de aprender a vivir sin tus juegos, tus choques, tus tormentas,
tus festines o tus danzas.
He de aprender a vivir sin tu perro
He de aprender a vivir sin tener dos familias
He de aprender a vivir sin que apagues el motor del coche
He de aprender a vivir sin tu risa ridícula
He de aprender a vivir sin tu mancha en el pecho
He de aprender a vivir sin crujir tu cama
He de aprender a vivir sin hablar de nosotros
He de aprender a vivir sin que llames bicho o rata a mi
perro
He de aprender a vivir sin pisar tu aulario o tu facultad
He de aprender a vivir sin tus gemidos
He de aprender a vivir sin que me quites la ropa
He de aprender a vivir sin entrar a Abadía por ti
He de aprender a vivir sin hablar de Castiel o Rhaegar
He de aprender a vivir sin tu insomnio
He de aprender a vivir sin que contemos puntitos
He de aprender a vivir sin tus gruñidos antes de dormir
He de aprender a vivir sin tu olor
He de aprender a vivir sin que me roben la cartera
He de aprender a vivir sin lo sobrenatural (en todos los
sentidos)
He de aprender a vivir sin una vida junto a ti
He de aprender a vivir sin tu adicción al tomate
He de aprender a vivir sin entrar a la fnac con los
bolsillos vacíos y la cabeza llena de planes
He de aprender a vivir sin escuchar música mierda y partirnos
de risa
He de aprender a vivir sin llorar por ti
He de aprender a vivir sin las hamburguesas de un euro
He de aprender a vivir sin tus idas de olla violentas, y tus
“te mato”
He de aprender a vivir sin miedo a fallarte
He de aprender a vivir sin Closer
He de aprender a vivir sin jurar el cargo a tu lado
He de aprender a vivir sin hacer la maleta los domingos
Era
la enésima vez que experimentaba esa sensación en el mismo día.
Salió
de la habitación, donde todo empezó, con los ojos anegados de lágrimas, sin
saber si aquella sería la última vez que volvería a pisarla.
Se
dirigió hacia la puerta, y allí se dio la vuelta. La miró como quien ve
marcharse a una persona a la que puede que no vuelva a mirar de la misma
manera. La despedida… una amalgama de sensaciones, sentimientos y de acciones
contradictorias. Debía irse, pero sus pies no respondían, debía decir adiós,
pero sus labios contenían un “me quedo para siempre”, y debía meter sus manos
en los bolsillos y marcharse cabizbajo, pero sus brazos pugnaban por abrazarla
y mirar aquellos ojos, que otrora lo miraran con deleite y ahora suplicaban
clemencia.
La
puerta se cerró con una sonrisa forzada, y él tomó las escaleras. En el último
momento decidió, escalones más abajo, volver y coger el ascensor, y allí pensar
durante un instante eterno las veces que lo había tomado a las tantas de la
madrugada para volver a casa con la sensación de que volvería; siempre volvía.
El
camino hacia el coche fue eterno, pero llegó sin apenas darse cuenta. Montó de
manera automática, sin pensar en lo que hacía. Sonó el motor, y después esa
canción, la primera, la que gracias a ella casi había aprendido. Aunque de
verás, lo que más ansiaba era destrozarse el puño contra el reproductor de
música.
Respiró
hondo y sin más enfiló aquella redonda, aquella cuesta, giró a la derecha y
pasó el puesto de churros.
“¿Habrá
algún puesto de churros de camino a tu casa?” recordó casi abatido.
Ese
stop que nunca respetaba esta vez lo hizo, porque no pensaba, porque no estaba.
Cuando recobró la voluntariedad ya tomaba la autovía. En ese eterno espacio de
tiempo aún estaba en aquella habitación mientras ella cogía su bata amarilla,
esa con la que alguna vez había cubierto su desnudez. No recordaba haber salido
del campus, no recordaba rotondas, semáforos ni otros coches. Antes le había
pasado, pero la sensación y los recuerdos eran diferentes.
Metió
quinta y aceleró. No quería llegar a ningún sitio, pero no podía evitarlo.
Cuando se rascó la nariz, el aroma de aquella bata –y de la persona que la
había llevado puesta– inundó sus sentidos, y todos, los cinco, se aunaron en
una sola persona. Pisó a fondo, los coches se apartaban. Con los ojos
emborronados y las manos apretadas, se sumergió en la oscuridad de la
carretera, y nunca más se supo de él.
***
Dejó
las maletas al entrar, y como si no hubiera estado dos semanas fuera, se
dirigió a su habitación. Un calendario, una jarra, unos libros, un Jack de
papel y una foto…
“No,
ahora no, imbécil. No abras tu cartera…”
Tarde,
porque vuelvo a mentirte diciendo que nunca sería tu trovador…
Se
echó pesadamente en la cama, miró al techo y después a su lado:
“Y
yo vuelvo a mentirte diciendo que no me muero por dormir contigo cada una de
las noches que me quedan, viendo como antes de meterte en la cama te quitas esa
horrible bata amarilla”.
Para muchos la palabra paraíso los traslada a un lugar idílico lleno de playas con arena blanca como el nácar, aguas tan azuladas que compiten hasta con el mismísimo cielo, palmeras tan altas como inalcanzables son algunos sueños y sonidos susurrantes y apacibles que trasmiten el eco de los propios dioses.
Entonces me pregunto: ¿qué sería el infierno, lo opuesto, la némesis? ¿Fuego, calor, dolor, sufrimiento…?
Dejadme que os diga que el sufrimiento, el dolor, la paz, la tranquilidad, los sentimientos (amor u odio), el bienestar y demás cosas, residen nada más y nada menos que donde la gente quiere y cree que reside. Es tan subjetivo como puede serlo el color de las paredes de mi habitación; unas veces gris, otras beige y otras blanco.
Para alguien el dolor puede ser placentero, los sentimientos dolorosos, la paz puede ser vana, e incluso el bienestar puede estar en sufrir o en alcanzar cosas que otros verían como desadaptativas. Pero ¿quién dice lo que necesitamos? ¿quién nos empuja a hacer lo que hacemos? ¿quién nos da latigazos para que avancemos o nos amarra para quedarnos estancados?
No nos engañemos, somos nosotros. Podemos ser nuestros mejores aliados o nuestros peores enemigos. Los que nos damos fuerzas para conseguir lo que necesitamos o los que nos cortamos las alas para no alcanzar lo que queremos. Pero es cierto, y he aquí la pugna, que muchas veces lo que queremos o lo que buscamos no es realmente lo que necesitamos. Pero cuando esas cosas coinciden es cuando alcanzamos el puto paraíso aunque creamos que es el propio Belcebú el que nos ha abierto las puertas del infierno.
Lo peor es que no haya nadie para decírnoslo, para ayudarnos a elegir, para empujarnos al maldito abismo y aterrizar donde sea, en otro sitio diferente, pero donde sea que podamos comenzar de nuevo, moldear tu vida de nuevo como si fuera una talla de barro y hacerla con esas manos que un día dejaron que te hundieras para renacer de nuevo.
He estado en lo que muchos llaman el paraíso, he visto y hecho cosas que quizás nunca vuelva a ver ni a hacer, y francamente, por muy raro e incompresible que la gente lo vea, no lo echo de menos.
El paraíso para mí reside en otro sitio y en otras metas, y esas aún no han sido alcanzadas, y mientras no lo sean, el infierno será mi refugio, el fuego será mi manto y el anhelo mi esperanza.
Lo atrajo hacia sí agarrándolo por la corbata, provocando que el contenido de su vaso de whisky se derramara por el interior de su muslo izquierdo.
La mujer, con la mirada clavada en él y aún sentada en el taburete, lo aprisionó entre sus piernas atrayéndolo hacia su interior.
El hombre dejó el vaso de bebida ambarina sobre la barra y se acercó a su oído para decirle que le encantaría echarla sobre una mesa y follarla desenfrenadamente a ojos de todos y para la envidia de los allí presentes.
La mujer no lo soltó de la presa que hacía con sus piernas y lo miró desafiante. A continuación, deslizó su mano por debajo de la camisa del hombre hacia el hombro y allí clavó sus uñas, arrastró y pudo ver como se deshacía en esa sensación de lujurioso y candente dolor. Si no había provocado que aflorara sangre era porque no había apretado lo suficiente o porque ésta se había dirigido hacia otro sitio.
Él apartó su cabello, lo único que lo separaba de aquella franja de piel tan apetecible y que tantas debilidades desataba. Allí donde el alma animal de cada uno era más superficial y sensible y donde la voluntad se evaporaba junto al calor que del cuerpo manaba. Mordió su cuello, ese lugar donde un instintivo escalofrío provocaba que el más manso de los gatos se transformara en la más salvaje de las panteras con una sed de sangre voraz.
Él estaba duro y respiraba como un león hambriento, y ella no pudo más que mojar su entrepierna y morderse el labio con fuerza.
Con el alma prendida por el fuego del infierno, se separaron lentamente y los dos volvieron a su fría realidad.
Y allí, a unos metros de distancia y a días de diferencia, en el mismo bar, ambos miraron en solitario ese taburete vacío imaginando de forma melancólica y deleitable todo lo que allí podría haber sucedido.
El sabor del vino podía aún paladearse en sus labios, al igual que sentir el aroma que manaba de su cuello y su pecho. Estaba algo aturdido, al igual que la mayoría de las mañanas de los últimos meses. Dormía poco y pensaba demasiado, y ello estaba suponiendo una pesadilla para su salud y pasando factura a su humor y a su estado de ánimo.
Pestañeó varias veces para acostumbrar sus ojos a la tenue luz de aquella gris mañana, y se presionó el entrecejo mientras cerraba los ojos con fuerza. Estiró el brazo izquierdo resoplando y desperezándose sin esperar que chocaría contra algo, pero sí lo hizo. La figura a su lado, que se dibujaba bajo las sábanas, le daba la espalda; una hermosa espalda con algún lunar aquí y allá.
Se tornó hacia ella y la abrazó por detrás. La muchacha dio un repullo y cuando supo qué era lo que sucedía, acarició el antebrazo de Marcus suavemente con las uñas y se puso las manos del joven sobre el pecho desnudo.
El general se acurrucó en su espalda y sus ojos se cerraron de nuevo.
-No, pero… ¿por qué? Te quiero, no… no lo hagas –suplicaba de forma casi patética mientras el filo de una daga curva se dibujaba sobre el fondo negro de la estancia.
La respiración de Marcus se agitaba y su corazón pedía a gritos salirle por la boca:
-Por favor… no –imploró de nuevo, y al parecer, la figura femenina, que se aproximaba hacia él, cambió de idea, ocultando la daga y descendiendo hacia su entrepierna -haz esto otro –dijo cogiéndole la cabeza –sigue… mírame, quiero verte la cara –apartándole el pelo.
Pero no llegó a verla. Como en las demás ocasiones, una sombra difusa ocultaba el rostro de la mujer proyectando tan solo unos ojos rojos inyectados en sangre. De forma repentina, la daga volvió a brillar por última vez antes de bajar repetidas veces sobre Marcus haciendo manar un líquido oscuro de su torso.
-Mira, la sangre a la luz de la luna es casi negra –la voz femenina reía mientras Marcus, aún en shock, era incapaz de articular palabra.
En ese instante, golpearon el portón de sus aposentos. El joven despertó al instante y al darse la vuelta en su sobresalto, cayó de la cama.
-¡Mi General, estandartes! –bramó un soldado desde el otro lado.
Cuando se dio cuenta de dónde se encontraba, se incorporó raudo y, aún con la respiración entrecortada, se sentó en la cama. Suspiró profundamente y miró a su lado: la joven seguía allí. Sin percatarse de que estaba desnudo descorrió el pestillo, abrió la puerta mirando al soldado y henchido de rabia:
-Tienes la sutileza en el culo ¿te lo habían dicho?
-Mi señor, creí que… -comenzó el soldado algo abochornado.
-Pues creíste mal –dijo Marcus aún apretando los dientes –Estandartes… ¿cómo? ¿de qué? Distancia, unidades, paso, ¿se han lavado la cara esta mañana? ¿llevan legañas? Habla.
El joven general había conseguido amedrentar al soldado, que ahora solo balbuceaba:
-Pu… pues, so… son unos 50, con u… u… una decena de portaestandartes, to… todos a caballo –dijo atropelladamente. Marcus lo miró impaciente enarbolando una ceja y con la pregunta de: “¿nada más?” grabada en su rostro –Los mo… montaraces di… dicen que acaban de cruzar el pa… paso de Zancada… do…dos leones rampantes opuestos so… sobre campo de gu.. gules, señor. Quizás vengan a parlamentar.
Sí, a parlamentarme a mí los cojones. Esa es la vanguardia, seguro que detrás viene el grueso del ejército, jodido inútil, pero no lo dijo.
-Los Lauser… –murmuró Marcus.
-¿Disculpe, mi general? –preguntó el soldado.
-Llame al Lord Comandante Broadbent, -su cara ya no reflejaba enfado, sino acción y contundencia -dígale en mi nombre que reúna a los Maestres de Campo en la sala de Juntas, estaré allí en breve –ambos se quedaron mirando -Vamos, muévase como si se quitara avispas del culo, maldita sea.
-Sí, señor –y el soldado se fue con apremio dejando a Marcus con la duda de si había entendido bien las órdenes.
Al cerrar la puerta y volver la vista a sus aposentos, el joven percibió estos un poco más oscuros, más fríos. Buscó con la mirada por cada rincón y junto al ventanal encontró sus pantalones. Se los calzó y se volvió a echar en la cama sin darse cuenta siquiera que la mujer a su lado estaba despierta, con los ojos abiertos y mirándolo mientras las sábanas dejaban poco lugar a la imaginación de lo que no llegaban a cubrir.
-Mi señor…
-Sí, los tenemos encima…-dijo ausente -tengo que darme prisa –pero al parecer no tenía ni pizca de ganas. El tiempo se había detenido al echarse en el jergón y tuvo miedo de que si ponía un pie en el frío suelo de piedra, éste volviera a avanzar.
Volvió su mirada hacia la joven. A aquellos ojos que la noche anterior habían sido el mar por el que había zarpado sin miedo a verse perdido en la tormenta que él mismo había provocado. Finalmente, el joven se levantó de la cama en el momento en el que la mujer alargó el brazo para cogerlo consiguiendo tan solo rozarlo a duras penas.
El general lo notó, se giró y sin pensarlo se echó encima de ella besándola de forma arrebatadora mientras ésta volvía a deshacerle las lazadas de los pantalones. Marcus sumergió sus labios en su boca, su cuello y bajó hacia sus senos, y en el momento en el que ella llegó a su miembro, él se detuvo y agarró su mano, la templó y la aprisionó contra la cama a modo de arresto.
Se quedó un instante sobre ella, respirando profundamente mientras sus ojos manaban una mezcla de deseo y lujuria.
-No tenemos tiempo -dijo sin estar seguro de que era aquello lo que debía hacer.
-Pero… mi señor, y si no volv… -Marcus posó un dedo sobre sus labios y acalló aquella horrible posibilidad.
-Lo haré, y si no lo hago, vuestra mirada será lo último que surque mi mente –le había quedado tan bien, que hubiera deseado que de verdad así fuera.
Una vez calmado, se levantó y volvió a anudarse los cordones del pantalón. Se calzó las botas de piel marrones y en lugar de la camisola de lino, se enfundó una más formal. Sobre ella, el tabardo con el emblema de su familia y la insignia de General. Cogió su preciada Zadia, que descansaba contra la pared, y se la ajustó a la cintura. Se refrescó la cara en una tina de agua y completó su atuendo con una capa color beige.
Al salir intentó no volver la mirada hacia la cama donde unos ojos desconsolados veían como se marchaba. Pero fue débil y lo hizo. Respiró por última vez el olor de su alcoba mientras la observaba, y apretando los labios levemente afligido, cerró tras de sí.
Una vez en el pasillo y de camino a la sala de juntas puso en orden sus prioridades a partir de ahí. Si el ejército del Emperador había cruzado Helder y vencido a los Blenoir, quizás su primo también habría sucumbido al empuje de las tropas de Lombard.
En ese instante, mientras entraba en la sala con la cabeza alta observando a los presentes ya ataviados con relucientes armaduras, unas más abolladas que otras, que se habían puesto en pie a su llegada, recordó las últimas palabras de su primo: “Si muero, si me capturan o si está claro que hemos perdido la guerra, rinde Tauton y cúlpame de todo. No permitiré que nuestra familia caiga conmigo. Júramelo, no te pido tu opinión, Marcus, soy tu señor y si no me obedeces ordenaré que te encarcelen”.
-Mi General, tenemos que… -comenzó el Comandante Broadbent sin darle tiempo a Marcus siquiera a sentarse. Éste alzó la mano y lo hizo callar hasta que hubo llegado a su sitio.
Los miró a todos y cada uno con una tranquilidad pasmosa, totalmente en disonancia con lo que sentía por dentro.
Comenzó a observar con detenimiento un enorme mapa desplegado sobre la mesa. No articuló ni media palabra y el resto de oficiales, aunque de buena gana habrían comenzado a cacarear como posesos, tampoco lo hicieron. Prefirieron permanecer expectantes a lo que dictaminara aquel joven que presidía la mesa.
Marcus alzó por fin la vista del mapa:
-Señores, sabíamos que esto llegaría tarde o temprano, y no veo ningún inconveniente para continuar con la maniobra que teníamos planeada para tal efecto.
-Pero, mi General… -comenzó con voz contundente el Maestre de Campo Ranvier, un hombre de portentosas espaldas y patillas pobladas, cuya armadura podía diferenciarse como la más abollada y curtida de todas.
-No hay peros –lo cortó Marcus -No os lo estoy pidiendo, no es una ruego y por supuesto no estoy dando pie a una discusión al respecto. Es una orden, caballeros. –miró a Broadbent –Lord Comandante, vos lideraréis la operación y Ranvier os acompañará, yo me quedaré en Tauton dirigiendo la vanguardia.
-Mi señor, correréis un grave pe… -comenzó Broadbent lo más rápido que pudo, pero aún así, Marcus lo aplacó.
-No hay nada más que hablar, partiréis cuanto antes –miró al resto: -Caballeros, no hay tiempo que perder. Conocen el terreno, conocen las órdenes, conocen a nuestro enemigo… saben de sobra lo que tienen que hacer –dicho aquello, inclinó la cabeza a modo de saludo y salió de la sala de Juntas antes que nadie.
Y es que, aunque la reunión había sido breve, ya que la situación así lo requería, a Marcus se le había antojado eterna.
***
Mientras su armadura estaba siendo ceñida torpemente por su escudero, el joven general mantenía ocupada su mente preparando lo que tendría que decir para arengar a sus hombres y mentalizándose para lo que se le vendría encima. Tanto que ni siquiera puso objeciones cuando por segunda vez el muchacho engarzó mal el gorjal y éste cayó al suelo produciendo un desagradable sonido metálico.
Su cabeza estaba en otro sitio, quizás en su alcoba, quizás aún en las palabras de su primo, pero lo cierto era que no estaba pendiente de si su indumentaria de batalla estaba lista. Aún así, cuando lo creyó, salió apresuradamente de su despacho en dirección al patio central de armas, donde el contingente de soldados y caballeros esperaban sin formar.
Sobre las escaleras de piedra que daban a las almenas de las murallas, con la cabeza alta y su mano izquierda posada sobre el arriaz de su espada, perdió la mirada entre sus hombres:
-Caballeros de Tauton –gritó -Vuestras tierras, vuestras familias y vuestras gentes os reclaman. Aunque no los escuchéis desde aquí, gritan y piden que los salvéis de aquellos que han osado declararnos en rebeldía y atacarnos sin un casus beli apropiado pretendiendo llegar hasta aquí por la fuerza. –se detuvo y continuó para que sus palabras recalasen -Os han llamado asesinos, violadores y ladrones. Con sus calumnias y su guerra sin sentido han perturbado la paz de nuestra tierra y traído la muerte a ella. Han arrasado campos, vertido sangre inocente y destruido todo aquello que con tanto esfuerzo nos costó levantar. Pretenden someternos a la opresión y al yugo que antaño sufrieron nuestros antepasados. Quitarnos aquello que nos hace hombres, que nos diferencia de los animales; nuestro bien más preciado ¡La libertad!
Los soldados gritaron enardecidos ante las palabras de su joven General.
-Hermanos, al otro lado de esas murallas nos espera un ejército con numerosos hombres, pero con inferior número de caballeros. Yo iré delante, seguid mi paso y no os separéis. Vuestro general no os abandonará, luchará a vuestro lado. Porque no podría encontrar mejor manera de caer, ni mejor motivo por el que luchar, ni por supuesto mejores hombres junto a los que combatir.
Sus hombres emitieron una mezcla de júbilo y sed de batalla.
Están listos, pensó, mientras una tímida gota de lluvia acarició su nariz. Miró arriba: El cielo llora prematuramente; hoy morirán muchos hombres, se dijo antes de ascender.
Culminó finalmente en las murallas mientras vio algo que le heló la sangre. Lo esperaba francamente, pero aún así lo perturbó.
Tras los anunciados estandartes con dos leones rampantes opuestos sobre campo de gules portados por la caballería, comenzaron a sucederse puntas de lanza, picas y a continuación cascos. Hasta que finalmente descubrieron, no un contingente, si no varias formaciones de más de mil hombres cada una. Su formación indicaba que abrirían dos frentes y atacarían el flanco norte y el este de la ciudad. Marcus así lo había previsto, ya que él mismo lo habría hecho de esa manera, haciendo caso a una consigna que le inculcaron desde pequeño: “Si quieres vencer a tu enemigo, imagina que es una máquina perfecta”
-Caballeros antiguos, conmigo en la vanguardia –gritó una vez hubo descendido de nuevo de las almenas -Caballeros novicios en la retaguardia –A continuación una retahíla de instrucciones llegaron a oídos de sus maestres de campo para que los trasmitieran sobre la pintura a los soldados.
Mientras las enormes puertas de madera se abrían y las tímidas gotas hacían ahora alarde de osadía, Marcus no pudo si no volver a recordar las palabras de su primo, y antes de lanzarse a la vanguardia de sus tropas, solo pudo pensar una cosa:
Aquí estoy otra vez, pensó en el momento en el que su espalda enfundada en cuero se apoyó sobre la fría pared de piedra.
Aquel era su rincón, al que tantas veces había recurrido para evadirse del mundo, aunque en ese lugar no pudiera sentirse más rodeado.
La iluminación instalada recientemente lo hacían menos atractivo a su juicio; podía pasar menos desapercibido y las sombras danzantes que se dibujaban en la pared de enfrente lo inquietaban.
Alzó la vista.
Ocho imponentes edificios circundaban aquella plaza. Sus incontables ventanas, algunas de las cuales permanecían encendidas y otras iban pereciendo conforme avanzaba la noche, escondían mil historias tras sus cristales. Las luces que se encendían y apagaban daban a Alastair la sensación de que eran los guiños que el edificio enviaba a los viandantes lo suficientemente observadores como para apreciarlos.
Vaya gilipollez, se dijo tras pensarlo un instante y cambiar de canción.
Aún recordaba el motivo por el que había acudido a aquel lugar por primera vez aquella noche de julio que se le antojaba tan sumamente cercana. Y no sabía si eran aquellos recuerdos encerrados entre aquellas piedras, aquellos árboles y aquellos columpios o la realidad de su más profundo ser, la que en ese momento hizo que emergiera de nuevo esa desazón en su interior.
Recordó entonces aquella carita en forma de corazón, de nariz pequeña y ojos oscuros. Hacía un par de meses que no sabía nada de ella. Pero lo cierto y triste era que Chloe era así de inconstante. No podías dar por hecho que su fidelidad y perseverancia fueran tuyas. Era libre, independiente e inmortal. Pero tenía el innegable don de aparecer cuando se la necesitaba. Alastair aún se preguntaba cómo lo hacía para aparecer sin ser llamada al lugar y en el momento en el que él pedía a gritos a alguien.
Fue entonces cuando imaginó qué le diría si lo viera allí de nuevo.
Entonces volvió a sonar aquella canción: “If I had to,i would put myself right beside you…” y la pasó. Al levantar la cabeza, una figura menuda de pelo oscuro se dirigía hacia él. Su corazón comenzó a latir más apresuradamente, pero no era ella, y dobló la esquina sin mirar a Alastair, como si de parte del mobiliario urbano se tratara.
Había salido de casa con la vaga sensación de que esa noche no aparecería, pero ahora una voz en su interior lo confirmaba.
Con las manos heladas y el trasero entumecido se levantó y miró el reloj: llevaba más de hora y media allí sentado con la mirada más perdida que su mente; y eso era decir mucho.
Miró al cielo y vislumbró a duras penas aquellas estrellas cuya luz no era eclipsada por la notable contaminación lumínica de la ciudad, al mismo tiempo que sonaba: “…when darkness comes I'll light the night with stars, hear the whispers in the dark…”.
La pasó de nuevo para que sonara: “I fell asleep last Saturday, underneath polluted skies I walked alone in those Jersey nights, and I saw the boardwalk start to fall…”
Vete a la mierda, pensó mientras desconectaba el reproductor y deshacía sus pasos de vuelta a casa.
La ciudad estaba desierta; los barrenderos hacían su ronda de limpieza, los semáforos regulaban avenidas fantasma, las bocanadas de aire frío campaban a su anchas y ni siquiera los patos del río tenían ánimos para un chapuzón.
Nadie deambulaba por las calles.
Nadie excepto una figura menuda de piel clara, rostro en forma de corazón, ojos y pelo oscuros y un lunar bajo el labio. Tomó el sitio que Alastair había estado ocupando toda la noche en el instante en el que una lágrima descendió por su mejilla.
Algo no quiso que esa noche se encontraran. Y por suerte (o por desgracia) así fue, porque quizás todo en el futuro hubiera sucedido de forma distinta.
Nos creamos mil historias en la mente haciendo uso de lo que muchos llaman pensamiento contrafáctico. Inventamos y barajamos las posibilidades de algo que podría haber sucedido si… No sucederá y no merece la pena prestarle más atención o nos olvidaremos de lo que es mirar de frente. Porque, al fin y al cabo, vivimos, a la vez que experimentamos, en el ensayo de una obra que jamás se estrenará por triste que así suene.